No sabría decirlo. Pero lo que me ocurrió a mí mismo, al menos eso sí lo sé. En mi primera parada a lo largo del camino de la vida, mi primera mirada hacia atrás, comencé relatando la historia de Bernardo y su tío Berthelín, después la historia de Ange Pitou, su bella prometida, y de la tía Angélica; después hablé de Conciencia y Mariette; y por último de Catalina Blum y el padre Vatrin.
Voy a contaros ahora la historia de Thibault y de sus lobos, y del señor de Vez. Y cómo, preguntaréis, llegué a conocer los acontecimientos que ahora voy a presentaros? Os lo diré.
¿Has leído mis Mémoires, y te acuerdas de uno, llamado Mocquet, que era amigo de mi padre?
Si los habéis leído, tendréis algún vago recuerdo de este personaje. Si no los habéis leído, no recordaréis absolutamente nada de él.
En cualquiera de los dos casos, pues, es de primordial importancia que logre hacerle ver a Mocquet con claridad ante los ojos de su mente.
Tan lejos como alcanza mi memoria, es decir, cuando tenía unos tres años de edad, vivíamos, mi padre, mi madre y yo, en un pequeño castillo llamado Les Fossés, situado en el límite que separa los departamentos de Aisne y Oise, entre Haramont y Longpré.
La casita en cuestión sin duda había sido llamada Les Fossés debido al foso profundo y ancho, lleno de agua, con el que estaba rodeada.
No menciono a mi hermana, pues estaba en un colegio en París, y solo la veíamos una vez al año, cuando venía a casa para un mes de vacaciones.
La casa, aparte de mi padre, mi madre y yo mismo, constaba—en primer lugar: de un gran perro negro llamado Truffe, que era un animal privilegiado y bien recibido dondequiera que aparecía, más aún teniendo en cuenta que yo solía pasearme montado en su lomo; en segundo lugar: de un jardinero llamado Pierre, que me abastecía generosamente de ranas y serpientes, dos especies de criaturas vivas por las que sentía un interés particular; en tercer lugar: de un negro, ayuda de cámara de mi padre, llamado Hippolyte, una especie de arlequín de piel oscura a quien mi padre, según creo, solo retenía para estar bien provisto de anécdotas con las que llevarse la victoria en sus encuentros con Brunel y superar sus maravillosas historias; en cuarto lugar: de un guardabosques llamado Mocquet, por quien sentía una gran admiración, dado que contaba magníficas historias de fantasmas y hombres lobo, a las que escuchaba todas las noches y que se interrumpían abruptamente en cuanto el General—como se solía llamar a mi padre—hacía acto de presencia; en quinto lugar: de una cocinera que respondía al nombre de Marie, pero esta figura ya no logro recordarla, se ha desvanecido para mí en el turbio crepúsculo de la vida; solo recuerdo el nombre, asociado a alguien de quien apenas queda un esbozo borroso en mi memoria y sobre quien, hasta donde alcanza mi recuerdo, no había nada de muy poético.
Mocquet, sin embargo, es la única persona que debe ocupar nuestra atención por el momento. Permítanme intentar dárselo a conocer, tanto en lo que respecta a su aspecto personal como a su carácter.