LA USURA CENTRALIZA LA RIQUEZA.
La máxima de Bacon de que «la usura acumula la riqueza del reino en pocas manos» se demuestra fácilmente y se verifica por completo en la experiencia de estos tiempos. La tendencia a la centralización bajo un sistema de usura o cobro de intereses es tan fuerte, y el resultado moderno tan evidente, que la afirmación por sí sola basta.
El usura no solo esclaviza al prestatario y oprime a los pobres que son inocentes de toda deuda, sino que también afecta a los ricos al concentrar la riqueza de los adinerados en cada vez menos manos.
Hay una corriente centralizadora que amenaza y luego finalmente absorbe las fortunas más pequeñas en un poder financiero colosal. Es tan inútil resistirse a esto como resistirse al destino.
La riqueza no puede fortificarse y guardarse de tal manera que resista con éxito el ataque de una riqueza superior cuando se permite la práctica de la usura. La fortuna más pequeña y débil, al utilizar la misma arma que la más grande y fuerte, debe ser inevitablemente derrotada y vencida, y en última instancia absorbida.
Los tipos de interés no afectan al resultado final. Con un tipo alto la acumulación es rápida, con uno bajo los aumentos son más lentos, pero la concentración en pocas manos no es menos segura. Los tipos de interés solo sitúan el centro convergente en un período más cercano o más lejano.
Si algún interés es justo, el interés compuesto es justo. Cuando el interés simple se vence y se paga, puede prestarse a otra persona, y así el usurero asegura interés sobre su interés, aunque no provenga del mismo deudor.
Cuando el interés debe pagarse anualmente, se ha de suponer, si no se paga, que el deudor lo toma como un préstamo que se añade al valor nominal de su pagaré u obligación. Esto ahorra la molestia de cobrar y volver a prestar a otro.
La costumbre de los usureros, sin embargo, es renovar el pagaré, añadiendo el interés al valor nominal, si no se ha pagado. La masa del papel bancario se renueva cada noventa días:
- Compuesto cuatro veces al año, ya sea al mismo o a otro deudor, el resultado en acumulación es el mismo.
Pocos se percatan de la rapidez con la que aumenta un préstamo, acelerándose en progresión geométrica a medida que pasa el tiempo. Cualquier préstamo se duplicará al tres por ciento en veintitrés años y medio; al siete por ciento en diez años y cuarto, y al diez por ciento en siete años y un tercio. Un dólar prestado durante cien años, al tres por ciento, ascendería a diecinueve dólares; al siete por ciento, a mil dólares, y al diez por ciento, a trece mil.
La isla sobre la cual se levanta Nueva York fue comprada a los indios por el valor de veinticuatro dólares por Peter Minuits en 1626.
Sin embargo, si el comprador hubiera puesto sus veinticuatro dólares a interés, donde hubiera podido agregarlo al capital a razón de un siete por ciento, la acumulación hoy excedería el valor total de toda la ciudad y el condado de Nueva York.
M. Jennet cita el elaborado cálculo de un autor ingenioso para demostrar que 100 francos (200.000) por hectárea (casi cuatro millas cuadradas).
De esto podemos deducir que $20 al cinco por ciento de interés compuesto durante 700 años, comprarían toda la tierra, montañas, pantanos y agua, a razón de $80 por acre.
Otro genio matemático afirma que, si se hubiera prestado un centavo el primer día de enero del año 1 d. C., permitiendo un interés del seis por ciento compuesto anualmente, entonces 1895 años después —es decir, el 1 de enero de 1895— la cantidad adeudada sería de 8.497.840.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 dólares (8.497.840.000 decillones).
Si se deseara pagar esto en oro, a 23,2 granos por dólar, tomando entonces esferas de oro puro del tamaño de la tierra, se necesitarían 610.070.000.000.000.000 para pagar ese centavo.
Colocando estas esferas en una hilera recta, su longitud combinada sería de 4.826.870.000.000.000.000 millas, una distancia que a la luz (viajando a una velocidad de 186.330 millas por segundo) le tomaría 820.890.000 años recorrer.
Los planetas y estrellas de todo el universo solar y estelar, tal como los ve el gran telescopio Lick, si fueran todos de oro macizo, ni por asomo pagarían la cantidad.
Una sola esfera para pagar la totalidad de la cantidad, si se colocara con su centro en el sol, tendría su superficie extendiéndose 563.580.000 millas más allá de la órbita del planeta Neptuno, el más lejano de nuestro sistema.
Puede añadirse que si la tierra hubiera contenido una población de diez mil millones, cada uno ganando un millón de dólares por segundo, entonces para pagar ese centavo se habrían requerido sus ganancias combinadas durante 26.938.500.000.000.000.000.000 años.
Cualquiera puede hacer las cuentas y comprobar si es correcto.
Si Pedro tan solo hubiera pensado en poner un centavo a interés, hoy no haría falta el óbolo de San Pedro.
Con cualquier acumulación permitida, la concentración de riqueza es irresistible. Por pequeña que sea la cantidad de capital, si se le permite crecer a cualquier tasa de incremento, acabará por absorberlo todo. A cualquier cantidad finita que se le permita cualquier tasa de incremento finita, le bastará un tiempo finito para acaparar todo lo que sea menor que infinito.
La única dificultad en esta acumulación es asegurar deudores que no mueran. Heredamos la propiedad de nuestros padres, pero por fortuna no heredamos sus deudas personales. Esta dificultad se está superando mediante bonos de corporaciones y naciones que perduran, aunque los individuos que las componen vayan muriendo de generación en generación. Esto hace que el incremento sea perpetuo. Las generaciones pueden venir y irse, pero la concentración de riqueza continúa ininterrumpidamente.
Esto no es teoría visionaria, sino que se demuestra en los resultados prácticos evidentes en todas partes.
Los usureros de Inglaterra, hace poco más de doscientos años, consiguieron la carta constitutiva de un banco con la condición de que le prestaran a la corona o gobierno 1.200.000 libras esterlinas, unos seis millones de dólares.
Este era un préstamo perpetuo, que nunca debía ser reembolsado, pero el gobierno debía pagar un interés anual del ocho por ciento para siempre. Este constante interés anual pagado a este banco lo ha convertido en una potencia financiera tal que llega y atrae hacia sí los recursos de todas las tierras.
La riqueza agregada de la institución, si las acreciones hubieran sido continuas, ascendería ahora a 25.165.824.000.000 dólares.
La riqueza del Reino Unido se estima en cincuenta mil millones, y la de toda Europa en doscientos mil millones, la de los Estados Unidos en setenta mil millones, y la riqueza de todo el mundo en quinientos mil millones.
Si los intereses acumulados del banco al ocho por ciento permanecieran intactos y sin consumir, haría falta ahora cincuenta mundos tan ricos como el nuestro para pagar esa deuda.
A veces uno se pregunta cómo puede haber tal acumulación de riqueza en una sola institución como para controlar las finanzas del mundo.
A menudo se atribuye a una sabiduría superior o a alguna manipulación profunda y oculta. No es más que la operación natural del principio del interés: la acumulación de edad en edad.
Los administradores pueden ser unos estúpidos imbéciles, con tal de que no interfieran con el principio usurero en su eterna atracción sobre los recursos de la humanidad.
La deuda remunerada de los Estados Unidos, en esta fecha, es de aproximadamente mil millones. Esto en cien años al seis por ciento ascendería a $340.000.000.000; cinco veces toda la riqueza actual de la nación.
El banco nacional más pequeño organizado, mediante el depósito de 25.000 dólares en bonos que rinden un dos por ciento de interés, y al que se le permite volver a prestar los mismos fondos a sus clientes privados al ocho por ciento, podría acumular para sí, en cien años, 345.225.000 dólares.
La riqueza de un individuo o de una familia también puede crecer con el paso de los años. La propiedad puede consistir en bonos públicos o de corporaciones, sin requerir ningún cuidado ni esfuerzo de su parte, y aun así ir aumentando continuamente. Un usurero en cualquier comunidad llega a absorber en una sola vida la riqueza de dicha comunidad, aunque la cantidad prestada al principio fuera pequeña.
Las acumulaciones son el resultado irresistible del principio de la usura.
La riqueza está cada vez más centralizada a medida que pasan los años.
- Los grandes árboles del bosque dan sombra a los más pequeños y les roban la luz del sol y la humedad hasta que perecen.
- Los peces grandes del estanque abarrotado se alimentan de los más pequeños.
- Los fabricantes individuales son absorbidos por las grandes combinaciones llamadas trusts.
- Los accionistas de un ferrocarril son absorbidos por aquellos que poseen una participación grande y mayoritaria.
Pero el ferrocarril es a su vez absorbido por otra corporación aún mayor, y esta a su vez por un gran cártel que elimina la influencia de todos, excepto del control principal, y tiende a una completa centralización de todos los sistemas.
No hay forma de escapar de esta corriente centralizadora que absorbe todos los recursos, cuando el sistema de cobro de intereses es tan generalizado como el actual. Librarse de las deudas personales no nos salva.
El agricultor, el más independiente de los hombres en su propio hogar y libre de deudas personales, aun así debe contribuir a esta centralización pagando intereses sobre los bonos en cada envío de productos y en cada milla de viaje en ferrocarril. También paga tributo en todas las herramientas que compra, en los alimentos que consume y en la ropa que viste.
Esta tendencia centralizadora es constante, aunque no siempre igual de evidente. Ciertas condiciones favorables pueden contener temporalmente la influencia adversa y provocar una distribución temporal de la riqueza entre los productores. Su fuerza no se destruye, sin embargo, sino que solo se refrena por un tiempo, para luego atraer con fuerza acumulada.
Los tiempos de depresión industrial y los desastres comerciales se repiten una y otra vez. Algunos economistas los atribuyen a las condiciones industriales y monetarias peculiares de los períodos en los que ocurren; pero rara vez se han puesto de acuerdo sobre las causas de un pánico en particular.
Son tan regulares en su recurrencia que algunos economistas han pensado que deben ser producidos por alguna causa constante; como la luna que causa las mareas del océano. Ambas cosas son ciertas. Existe una causa general y también existe una causa secundaria o superficial.
Los años de mayores desastres comerciales en este país fueron 1809, 1818, 1837, 1873, 1893.
Los economistas políticos pueden aducir como razones algunas condiciones peculiares imperantes en cada uno de estos períodos, pero los más sabios nunca han profundizado lo suficiente para descubrir la causa general: esta constante corriente centralizadora de la usura.
En estos periodos de catástrofe comercial no hay destrucción de propiedad. Solo se produce una sacudida general y una redistribución. Toda la riqueza del país permanece, pero tras el desastre siempre se descubre que la riqueza está en menos manos. Algunos se han vuelto ricos, muchos de los que se creía adinerados están arruinados y el número de pobres se ha multiplicado.
Un paciente puede verse afligido por alguna enfermedad crónica y arraigada que lo haga muy propenso a verse afectado por un cambio de clima, por un cambio en su dieta o en su cama, y estas pueden señalarse como las causas de sus frecuentes recaídas, siendo causas inmediatas o secundarias, pero la verdadera causa es la enfermedad crónica y arraigada. Curen esa enfermedad y los cambios en las condiciones, ahora tan graves, no serían notados por el hombre sano.
La causa real y constante de nuestros recurrentes desastres financieros es esta usura centralizadora que se opone directamente a la distribución de riqueza que es natural, cuando a los productores de riqueza se les permite recibirla y disfrutar de ella.
Arrancad de raíz este mal, y entonces las diferencias insignificantes en nuestras cosechas, los cambios en nuestras leyes arancelarias, la legislación monetaria y la veintena de otras cosas que ahora nos afectan, pasarían desapercibidas para el sano cuerpo político.
Si este poder centralizador es destruido, la distribución natural no se vería alterada, y estos pánicos, llamados así, serían desconocidos.