El libro contenía una exposición de la doctrina de la secta de los camisards y una reseña histórica de su origen.
Su mente se hallaba en un estado singularmente propicio para la recepción de sentimientos devotos. El anhelo que lo había atormentado encontró por fin un objeto. A su espíritu no le faltaba un tema de meditación.
Los días laborables se levantaba al alba y no se retiraba a su aposento hasta bien entrada la noche. Ahora se provistos de velas y empleaba sus horas nocturnas y los domingos en estudiar este libro.
Este, por supuesto, abundaba en alusiones a la Biblia. Todas sus conclusiones se deducían del texto sagrado. Esta era la fuente, más allá de la cual no era necesario rastrear el caudal de la verdad religiosa; pero era su deber rastrearlo hasta ahí.
Se consiguió fácilmente una Biblia y se entregó ardientemente a su estudio.
Su entendimiento había recibido una dirección particular. Todas sus ensoñaciones estaban cortadas por el mismo patrón. Sus progresos hacia la formación de su credo fueron rápidos.
Cada hecho y cada sentimiento de este libro eran contemplados a través de un prisma que los escritos del apóstol camisardo le habían sugerido. Sus interpretaciones del texto eran precipitadas y se formaban a partir de una perspectiva estrecha. Todo se consideraba de forma aislada. No se empleaba un hecho ni un precepto para ilustrar y acotar el significado de otro.
De ahí surgieron mil escrutinios que hasta entonces le habían sido ajenos. Se veía agitado alternativamente por el miedo y por el éxtasis. Se imaginaba acosado por los lazos de un enemigo espiritual, y creía que su salvación residía en una constante vigilancia y oración.