Siento muy poca repugnancia en acceder a su petición. Usted no conoce del todo la causa de mis pesares. Es ajeno a la profundidad de mis angustias. De ahí que sus esfuerzos por consolarme deban fracasar necesariamente.
Sin embargo, la historia que voy a contar no pretende ser una exigencia de su simpatía. En medio de mi desesperación, no desdeño contribuir con lo poco que puedo al beneficio de la humanidad. Reconozco su derecho a estar informado de los acontecimientos que han ocurrido últimamente en mi familia.
Haga del relato el uso que considere oportuno. Si se comunica al mundo, inculcará el deber de evitar el engaño. Ejemplificará la fuerza de las primeras impresiones y mostrará los males inmensos que se derivan de una disciplina errónea o imperfecta.
Mi estado no carece de tranquilidad.
El sentimiento que dicta mis afectos no es la esperanza. El porvenir no tiene poder sobre mis pensamientos. Todo lo que ha de venir me es perfectamente indiferente.
En lo que a mí respecta, ya no tengo nada más que temer. El destino ha hecho lo peor. De ahora en adelante, soy insensible a la desgracia.
No dirijo ninguna súplica a la Divinidad. El poder que rige el curso de los asuntos humanos ha elegido su camino. El decreto que fijó la condición de mi vida no admite revocación. Sin duda se ajusta a las máximas de la equidad eterna. Eso no ha de ser cuestionado ni negado por mí. Basta con que el pasado esté exento de