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IV

Seis años de felicidad ininterrumpida habían transcurrido desde el matrimonio de mi hermano.

Los rumores de la guerra se habían dejado oír, pero a tal distancia que realzaban nuestro bienestar al brindarnos objetos de comparación. Los indios fueron rechazados por un lado, y el Canadá fue conquistado por el otro. Las revoluciones y las batallas, por muy calamitosas que fueran para quienes ocupaban el escenario, contribuían en cierto modo a nuestra dicha al agitar nuestras mentes con la curiosidad y proporcionar motivos de exaltación patriótica.

Cuatro niños, tres de los cuales tenían la edad suficiente para compensar con sus progresos físicos e intelectuales los desvelos de los que habían sido objeto en una época más indefensa, ejercían la ternura de mi hermano. El cuarto era un tierno bebé que prometía reflejar la imagen de su madre y gozaba de perfecta salud.

A ellos se sumaba una dulce muchacha de catorce años, a quien todos amábamos con un afecto más que paternal.

La historia de su madre era luctuosa. Había llegado aquí desde Inglaterra cuando esta niña era un infante, sola, sin amigos y sin dinero. Parecía haberse embarcado de manera apresurada y clandestina.

Pasó tres años de soledad y angustia bajo la protección de mi tía, y murió mártir del dolor, cuyo origen no se le pudo arrancar, por más que se le suplicó que lo revelara. Su educación y sus modales denotaban que no era de cuna humilde.

Sus últimos momentos se vieron serenados por las garantías que recibió de mi tía de que su hija recibiría la misma protección que se le había brindado a ella.

En la boda de mi hermano, se acordó que ella pasaría a formar parte de su familia.

No puedo hacer justicia a los encantos de esta muchacha. Quizás la ternura que despertaba naciera en parte de su parecido físico con su madre, cuyo carácter y desgracias aún estaban frescos en nuestra memoria.

Era habitualmente melancólica, y esta circunstancia tendía a recordarle al espectador su condición desamparada; y sin embargo, ese epíteto era sin duda inapropiado en este caso. Este ser era querido por aquellos con quienes ahora residía con un cariño indescriptible. Se hizo todo esfuerzo posible para ampliar y mejorar su mente. Su seguridad era el objeto de una solicitud que casi excedía los límites de la prudencia.

Nuestro afecto, en verdad, apenas podía superar sus méritos. Nunca se cruzó en mi mirada, ni acudió a mis reflexiones, sin despertar una especie de entusiasmo. Su dulzura, su inteligencia, su ecuanimidad, jamás las veré superadas. A menudo he derramado lágrimas de placer ante su proximidad y la he apretado contra mi pecho en una agonía de cariño.

Mientras cada día acrecentaba los encantos de su persona y los tesoros de su mente, ocurrió un acontecimiento que amenazó con privarnos de ella.

Un oficial de cierto rango, que había quedado lisiado por una herida en Quebec, se había dedicado, desde la ratificación de la paz, a viajar por las colonias. Permaneció un período considerable en Filadelfia, pero por fin se preparaba para su partida.

Nadie había sido honrado más frecuentemente con sus visitas que la señora Baynton, una digna dama con la que nuestra familia mantenía una estrecha amistad. Fue a su casa con la intención de hacer una visita de despedida, y estaba a punto de marcharse, cuando mi joven amiga y yo entramos en la estancia.

Es imposible describir las emociones del desconocido cuando clavó los ojos en mi compañera. Se quedó inmóvil por la sorpresa. No pudo ocultar sus sentimientos y se sentó a contemplar en silencio el espectáculo que tenía ante sí.

Al fin se volvió hacia la señora Baynton y, más con sus miradas y gestos que con palabras, le suplicó una explicación de la escena. Tomó la mano de la muchacha, quien a su vez estaba sorprendida por su comportamiento, y acercándola hacia sí, dijo con tono ansioso y entrecortado: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su nombre?

Las respuestas que se dieron no hicieron más que aumentar la confusión de sus pensamientos. Sucesivamente se le dijo que ella era hija de alguien cuyo nombre era Louisa Conway, quien llegó entre nosotros en tal fecha, quien ocultó minuciosamente su linaje y los motivos de su huida, cuyos dolores incurables la habían destruido finalmente, y que había dejado a esta niña bajo la protección de sus amigos.

Habiendo escuchado el relato, se deshizo en lágrimas, abrazó con impaciencia a la joven y se proclamó su padre. Cuando las turbulencias excitadas en su pecho por este inesperado encuentro se hubieron calmado un tanto, satisfizo nuestra curiosidad relatando los siguientes incidentes.

“Miss Conway era la única hija de un banquero de Londres, que cumplió con ella todos los deberes de un padre afectuoso.

Él había tenido la casualidad de coincidir con ella, se había visto subyugado por sus atractivos, le había ofrecido su mano y había sido aceptado alegremente tanto por el padre como por la hija.

Su esposa le había dado toda prueba del más profundo afecto. Su padre, que poseía una inmensa riqueza, lo trataba con distinguida consideración, proveía generosamente a sus necesidades y había puesto una sola condición para dar su consentimiento al matrimonio: la resolución de ir a vivir a su casa.

Habían pasado tres años de felicidad conyugal, que se habían visto acrecentados por el nacimiento de este hijo, cuando su deber profesional lo llamó a Alemania. No sin una ardua lucha fue persuadida de renunciar al propósito de acompañarlo a través de todas las fatigas y peligros de la guerra. Ninguna separación fue jamás más angustiosa. Se esforzaron por aliviar, mediante frecuentes cartas, los males de su destino. Las de su esposa no respiraban sino ansiedad por su seguridad e impaciencia por su ausencia. Por fin, se hizo un nuevo arreglo, y él se vio obligado a trasladarse de Westfalia al Canadá. Una ventaja acompañó a este cambio: le brindó la oportunidad de reunirse con su familia. Su esposa anticipó este encuentro con no menos arrebato que él. Se apresuró a ir a Londres y, en el momento en que bajó de la diligencia, corrió a toda velocidad hacia la casa del señor Conway.

“Era una casa de duelo. Su padre estaba abrumado por el dolor, e incapaz de responder a sus preguntas. Los sirvientes, apesadumbrados y mudos, se mostraban igualmente esquivos. Exploró la casa y llamó a su esposa y a su hija por su nombre, pero su llamada fue infructuosa.

Por fin, este nuevo desastre le fue explicado. Dos días antes de su llegada, la habitación de su esposa había sido hallada vacía. Ninguna búsqueda, por diligente y ansiosa que fuera, pudo rastrear sus pasos. No se pudo aducir ninguna causa para su desaparición. La madre y la hija habían huido juntas.

Se hicieron nuevos esfuerzos, se requisaron su habitación y sus gabinetes, pero no se encontró ningún vestigio que sirviera para informarles sobre los motivos de su huida, si esta había sido voluntaria o de otro modo, y en qué rincón del reino o del mundo se encontraba oculta.

¿Quién describirá el dolor y el asombro del esposo? ¿Su inquietud, sus vicisitudes de esperanza y temor, y su desesperación final?

Su deber lo llamó a América. Había estado en esta ciudad y había pasado con frecuencia ante la puerta de la casa en la que su esposa, en ese momento, residía.

Su padre no había disminuido sus esfuerzos para esclarecer este doloroso misterio, pero habían fracasado. Esta decepción apresuró su muerte; a consecuencia de la cual, el padre de Louisa se convirtió en poseedor de su inmensa fortuna.

Este relato era un copioso tema de especulación. Mil preguntas se plantearon y discutieron en nuestro círculo doméstico respecto a los motivos que influyeron en la señora Stuart para abandonar su país.

No parecía que su proceder fuera involuntario. Recordamos y repasamos cada detalle que había caído bajo nuestra propia observación. Ninguno de ellos nos proporcionó una pista. Su conducta, tras el más riguroso escrutinio, seguía siendo un secreto impenetrable.

De más cerca, el mayor Stuart demostró ser un hombre de carácter de lo más amable. Su cariño hacia Louisa parecía aumentar por momentos. Ella no era ajena a los sentimientos propios de su nueva condición. No pudo menos que aceptar con agrado el plan que se le propuso de regresar con su padre a Inglaterra.

Este plan, sin embargo, su afecto hacia ella le indujo a posponerlo. Se requería algún tiempo para prepararla para un cambio tan grande y permitirle pensar sin agonía en su separación de nosotros.

No carecía yo de esperanzas de persuadir a su padre de que abandonara por completo este desagraciado propósito.

Mientras tanto, él continuó sus viajes por las colonias del sur, y su hija se quedó con nosotros. Luisa y mi hermano recibían con frecuencia cartas suyas, las cuales revelaban una mente de no común inteligencia. Estaban llenas de entretenidos detalles y profundas reflexiones.

Mientras estuvo aquí, participó a menudo en nuestras conversaciones vespertinas en el templete; y, desde su marcha, su correspondencia nos había proporcionado con frecuencia temas de conversación.

Una tarde de mayo, la sosiega del aire y el brillo de la verdura nos impulsaron a reunirnos, más temprano que de costumbre, en el templo.

Nosotras, las mujeres, estábamos ocupadas con la aguja, mientras mi hermano y Pleyel intercambiaban citas y silogismos. El punto debatido era el mérito de la oración por Cluencio, como descripción, primero, del genio del orador y, segundo, de las costumbres de la época.

Pleyel se esforzó por atenuar ambas clases de mérito y exigió a su ingenio demostrar que el orador había abrazado una mala causa; o, al menos, una dudosa. Argumentó que confiar en las exageraciones de un defensor, o tomar la imagen de una sola familia como modelo a partir del cual esbozar la condición de una nación, era absurdo.

La controversia fue desviada repentinamente hacia un nuevo cauce debido a una cita errónea. Pleyel acusó a su compañero de haber dicho «polliciatur» cuando debió decir «polliceretur». Nada zanjaría la contienda sino acudir al volumen.

Mi hermano regresaba a la casa con este propósito, cuando un criado le salió al encuentro con una carta del mayor Stuart. De inmediato volvió para leerla en nuestra compañía.

Además de cariñosos cumplidos para nosotros y paternales bendiciones para Louisa, su carta contenía la descripción de una catarata en el Monongahela.

Cayendo una repentina ráfaga de lluvia, nos vimos obligados a trasladarnos a la casa. La tormenta pasó y le sucedió una luz de luna radiante. No hubo deseos de reanudar nuestros asientos en el templete. Por lo tanto, permanecimos donde estábamos y nos entablamos en una animada conversación.

La carta recibida recientemente sugirió naturalmente el tema. Se estableció un paralelismo entre la catarata allí descrita y una que Pleyel había descubierto entre los Alpes de Glarus. En el estado de la primera se mencionaba un detalle cuya veracidad era cuestionable. Para zanjar la disputa que de ahí surgió, se propuso recurrir a la carta.

Mi hermano la buscó en su bolsillo. No aparecía por ninguna parte. Al fin recordó haberla dejado en el templete y decidió ir en su busca. Su esposa, Pleyel, Louisa y yo nos quedamos donde estábamos.

En pocos minutos regresó. Me interesaba un tanto la disputa, por lo que aguardaba su vuelta con impaciencia; sin embargo, al oírle subir las escaleras, no pude menos que notar que había llevado a cabo su propósito con notable rapidez.

Mis ojos se fijaron en él al entrar. Me pareció que traía consigo un aspecto considerablemente distinto de aquel con el que se había marchado. La sorpresa y una ligera dosis de ansiedad se mezclaban en él. Sus ojos parecían buscar algún objeto. Pasaron rápidamente de una persona a otra, hasta detenerse en su esposa. Ella estaba sentada en una actitud descuidada en el sofá, en el mismo lugar que antes. Tenía en la mano la misma muselina, en la que estaba ocupada principalmente su atención.

En el momento en que la vio, su perplejidad aumentó visiblemente. Se sentó en silencio y, fijando los ojos en el suelo, pareció absorto en la meditación.

Estas singularidades suspendieron la pesquisa que me disponía a hacer respecto a la carta. Al poco tiempo, la compañía abandonó el tema que los ocupaba y dirigió su atención hacia Wieland. Pensaron que él solo esperaba una pausa en la conversación para mostrar la carta. La pausa no fue interrumpida por él.

Al fin Pleyel dijo: «Bueno, supongo que habrás encontrado la carta».

“No —dijo él, sin perder un ápice de su seriedad y mirando fijamente a su mujer—, no subí a la colina”.⁠—“¿Por qué no?”⁠—“Catalina, ¿no te has movido de ese sitio desde que salí de la habitación?”.⁠—Ella, impresionada por la solemnidad de sus modales, dejó la labor que tenía entre manos y respondió con tono de sorpresa: “No; ¿por qué haces esa pregunta?”.⁠—Sus ojos volvieron a clavarse en el suelo y no respondió de inmediato. Al fin dijo, mirándonos a todos: “¿Es verdad que Catalina no me siguió a la colina? ¿Que no acaba de entrar en la habitación?”.⁠—Le aseguramos a una sola voz que no se había ausentado ni un momento, y le preguntamos el motivo de sus interrogantes.

“Sus garantías —dijo— son solemnes y unánimes; y, sin embargo, debo negar crédito a sus afirmaciones, o dejar de creer el testimonio de mis sentidos, que me informaron, cuando iba a mitad de la colina, de que Catharine estaba al pie”.

Nos desconcertó esta declaración. Pleyel lo the a broma con mucha ligereza por su comportamiento. Escuchó a su amigo con calma, pero sin la menor relajación en el rostro.

—Una cosa —dijo con énfasis— es cierta: o bien oí la voz de mi esposa al pie de la colina, o no oigo tu voz en este momento.

—En verdad —respondió Pleyel—, es un triste dilema al que te has reducido. Cierto es, si nuestros ojos pueden darnos certeza, que tu esposa ha estado sentada en ese lugar durante cada momento de tu ausencia. Has oído su voz, dices, sobre la colina. Por lo general, su voz, al igual que su carácter, es pura suavidad. Para hacerse oír al otro lado de la habitación, se ve obligada a esforzarse. Mientras te fuiste, si no me equivoco, no pronunció una palabra. Clara y yo tuvimos toda la charla para nosotros. Aun así, puede ser que haya mantenido una conferencia en susurros contigo en la colina; pero cuéntanos los pormenores.

—La conferencia —dijo— fue breve; y estuvo muy lejos de llevarse a cabo en susurros. Ya sabes con qué intención salí de la casa. A mitad de camino hacia la roca, la luna quedó oculta de nosotros por un momento tras una nube.

Jamás había conocido un aire más apacible y sereno. En ese intervalo miré de reojo hacia el templo y creí ver un destello entre las columnas. Fue tan tenue que tal vez no habría sido visible si la luna no hubiera estado velada. Volví a mirar, pero no vi nada.

Jamás visito este edificio a solas, ni de noche, sin que me venga a la memoria el destino de mi padre. No había nada extraordinario en esta aparición; sin embargo, sugirió algo más de lo que la mera soledad y la oscuridad habrían sugerido en ese mismo lugar.

“Continué mi camino. Las imágenes que me perseguían eran solemnes; y albergaba una curiosidad imperfecta, pero ningún temor, en cuanto a la naturaleza de este objeto. Había ascendido la colina poco más de la mitad, cuando una voz me llamó desde atrás. Los acentos eran claros, distintos, potentes, y fueron emitidos, según creía firmemente, por mi esposa. Su voz no suele ser tan fuerte. Rara vez tiene ocasión de alzarla, pero, sin embargo, a veces la he oído llamar con fuerza y entusiasmo. Si mi oído no se engañó, fue su voz la que escuché.

“—Detente, no vayas más lejos. Hay peligro en tu camino. La brusquedad y lo inesperado de esta advertencia, el tono de alarma con el que fue dada y, sobre todo, la convicción de que era mi esposa quien hablaba, bastaron para desconcertarme y hacerme dudar.

Me volví y escuché para asegurarme de que no me equivocaba. Al más profundo silencio le sucedió nada.

Por fin, hablé a mi turno. ¿Quién llama? ¿Eres tú, Catharine? Me detuve y de inmediato recibí una respuesta.

—Sí, soy yo; no subas; regresa al instante; te necesitan en la casa.

La voz seguía siendo la de Catharine, y seguía proviniendo del pie de la escalera.

“¿Qué podía hacer? La advertencia era misteriosa. El hecho de que fuera pronunciada por Catharine en un lugar y en una ocasión como aquellos acrecentaba el misterio. No podía hacer otra cosa que obedecer.

En consecuencia, desanduve mis pasos, esperando que ella me aguardara al pie de la colina. Cuando llegué a la base, no se veía a nadie. La luz de la luna era de nuevo general y brillante y, sin embargo, hasta donde alcanzaba mi vista, no se distinguía ninguna figura humana o en movimiento.

Si había regresado a la casa, debía de haber empleado una rapidez asombrosa para haberse alejado ya más allá del alcance de mi vista. Alcé la voz, pero en vano. A mis repetidas exclamaciones no obtuve respuesta.

“Rumióndome estos incidentes, regresé aquí. No cabía duda de que había escuchado la voz de mi esposa; los acontecimientos concomitantes no se explicaban fácilmente; pero usted ahora me asegura que no ha sucedido nada extraordinario para urgir mi regreso, y que mi esposa no se ha movido de su asiento.”

Tal fue el relato de mi hermano. Lo escuchamos con diferentes emociones.

Pleyel no tuvo reparo en considerar todo aquello como un engaño de los sentidos. Tal vez se había oído una voz, pero la imaginación de Wieland lo había extraviado al suponer un parecido con la de su esposa y al darle tal significado a los sonidos.

Según su costumbre, dijo lo que pensaba. A veces, convertía el asunto en tema de seria discusión, pero con mayor frecuencia lo trataba con burla. No creía que el raciocinio sobrio fuera a convencer a su amigo, y la jovialidad, pensaba, era útil para disipar la solemnidad que, en una mente como la de Wieland, un incidente de esta naturaleza era propicio para producir.

Pleyel propuso ir en busca de la carta. Fue y regresó velozmente, teniéndola en la mano. La había encontrado abierta sobre el pedestal; y ni voz ni rostro se habían alzado para impedir su designio.

Catharine estaba dotada de una porción poco común de buen juicio; pero su mente era accesible, en este flanco, al asombro y al pánico.

Que su voz hubiese sido asumida de este modo inexplicable e injustificable, era motivo de no pequeña inquietud.

Admitía la plausibilidad de los argumentos con los que Pleyel se esforzaba en demostrar que aquello no era más que un engaño auditivo; pero esta convicción no tardaba en tambalearse cuando volvía los ojos hacia su esposo y percibía que la lógica de Pleyel distaba mucho de haber producido el mismo efecto en él.

Por mi parte, mi atención se vio atraída por este suceso. No pude dejar de percibir un parecido fantasmal entre este y la muerte de mi padre.

En este último acontecimiento había reflexionado con frecuencia; mis reflexiones nunca me condujeron a la certeza, pero las dudas que existían no eran de naturaleza atormentadora. No podía negar que el suceso era milagroso, y sin embargo me sentía invenciblemente reacio a ese método de solución.

Mi asombro se veía despertado por lo inescrutable de la causa, pero mi asombro no estaba mezclado con tristeza ni con miedo. Hizo nacer en mí una solemnidad estremecedora y no desagradable. Semejantes a estas fueron las sensaciones producidas por la reciente aventura.

Pero su efecto sobre la imaginación de mi hermano era lo que más importaba. Todo lo deseable era que él lo contemplara con indiferencia. El peor efecto que podía derivarse no era, en verdad, muy temible. Sin embargo, no soportaba pensar que sus sentidos fueran víctimas de semejante engaño. Ello delataba un estado enfermizo de su organismo, que podría manifestarse en el futuro con síntomas más peligrosos. La voluntad es el instrumento del entendimiento, el cual debe moldear sus conclusiones a partir de los avisos de los sentidos. Si los sentidos están depravados, es imposible calcular los males que pueden derivarse de las deducciones consecuentes del entendimiento.

Dije que este hombre es de un carácter ferviente y melancólico.

Aquellas ideas que en otros son casuales u oscuras, que se albergan en momentos de abstracción y soledad, y que escapan fácilmente cuando la escena cambia, han adquirido un dominio inquebrantable sobre su mente.

Las conclusiones que el largo hábito ha hecho familiares y, en cierto modo, palpables a su intelecto, provienen de las fuentes más profundas.

  • Todos sus actos y sentimientos prácticos están vinculados a largas y abstrusas deducciones del sistema del gobierno divino y de las leyes de nuestra constitución intelectual.

Es, en ciertos aspectos, un entusiasta, pero su creencia está fortificada por innumerables argumentos y sutilezas.

La muerte de su padre fue siempre considerada por él como el resultado de un decreto directo y sobrenatural.

Visitaba sus meditaciones con más frecuencia que las mías. Las huellas que dejó fueron más sombrías y permanentes. Este nuevo incidente tuvo un efecto visible en el aumento de su seriedad.

Estaba menos dispuesto que antes a la conversación y a la lectura. Cuando examinábamos sus pensamientos, por lo general se descubría que guardaban relación, más o más directa, con este acontecimiento.

Era difícil determinar la especie exacta de impresión que le había causado. Jamás introducía el tema en la conversación y escuchaba con una sonrisa silenciosa y semiseria las efusiones satíricas de Pleyel.

Una tarde coincidimos a solas en el templo. Aproveché la ocasión para sondear el estado de sus pensamientos. Tras una pausa, que él no parecía dispuesto a interrumpir en absoluto, le dirigí la palabra:—«¡Cuán casi palpable es esta oscuridad; y sin embargo, un rayo de lo alto bastaría para disiparla».—«Sí —dijo Wieland con fervor—, no solo la noche física, sino también la moral quedaría disipada».—«Pero ¿por qué —le dije— ha de dirigir la Voluntad Divina sus preceptos a la vista?». Él sonrió con complicidad.—«Es verdad —dijo—, el entendimiento tiene otros caminos».—«Nunca —le dije, acercándome más al asunto—, nunca me has dicho de qué modo consideras el reciente y extraordinario incidente».—«No hay una manera categórica de contemplar el asunto. Aquí hay un efecto, pero la causa es totalmente inescrutable. Suponer un engaño no sirve. Tal cosa es posible, pero hay otras veinte suposiciones más probables. Todas ellas deben descartarse antes de que lleguemos a ese punto».—«¿Cuáles son esas veinte suposiciones?».—«Es innecesario mencionarlas. Son solo menos improbables que la de Pleyel. El tiempo puede convertir una de ellas en certeza. Hasta entonces, es inútil explayarse sobre ellas».

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