Lo exhortó a serenarse y cobrar la compostura, pero en vano. A la hora del descanso se retiró sin resistencia a su alcoba. Por persuasión de mi madre, incluso se desnudó y se metió en la cama. Nada pudo calmar su inquietud. Él frenó sus tiernas amonestaciones con cierta severidad. > “Calla —dijo—, pues para lo que siento no hay más que un remedio, y este llegará en breve. De nada puedes ayudarme. Atiende a tu propia condición y ruega a Dios que te fortalezca ante las calamidades que te aguardan”. “¿Qué he de temer? —respondió ella—. ¿En qué terrible desastre piensas?”. “Paz—aún no lo sé yo mismo, pero llegará, y pronto”. Ella reiteró sus preguntas y dudas, pero él puso fin de repente a la conversación con una severa orden de guardar
Ella no lo había conocido jamás en semejante estado de ánimo. Hasta entonces, todo en su comportamiento había sido benigno.
Su corazón fue atravesado por el dolor al contemplar este cambio. Le era absolutamente imposible explicárselo, o imaginarse la clase de desastre que se avecinaba.
Contrariamente a la costumbre, la lámpara, en vez de ser colocada en el hogar, fue dejada sobre la mesa. Sobre ella, contra la pared, pendía un pequeño reloj, ideado de tal modo que daba un golpe muy seco al final de cada sexta hora.
Lo que ahora se aproximaba era la señal para retirarse al templo en el que dirigía sus devociones. El largo hábito había hecho que estuviera siempre despierto a esta hora, y el tañido fue obedecido al instante.