“Tomé, como de costumbre, el sendero que cruza el terreno de tu hermano. Avancé con rapidez y silencio a lo largo de la orilla. Me acerqué a la cerca que separa la propiedad de Wieland de la vuestra.
Como el recodo de la orilla estaba cerca de este límite, al serme necesario pasar cerca de él, y con mi mente emponzoñada por arraigadas sospechas hacia ti; sospechas cuya fuerza se debía a incidentes relacionados con este lugar; ¡cómo extrañar que se adueñara de mis pensamientos!”.
“Salté la cerca; pero antes de descender al otro lado, me detuve a contemplar la escena.
Las hojas goteando rocío, y reluciendo bajo los rayos de la luna, sin ningún objeto en movimiento que turbara el profundo reposo, me llenaron de seguridad y esperanza.
Me alejé de la estación al fin, y avancé hacia adelante. Probablemente estabas descansando. ¿Cómo comunicarte, sin alarmarte, la noticia de mi llegada?
Debía conseguirse una entrevista inmediata. No podía soportar la idea de que se perdiera un minuto por negligencia o vacilación.
¿Debía llamar a la puerta? ¿O debía pararme bajo las ventanas de tu habitación, que vi que estaban abiertas, y despertarte con mis llamadas?
Estas reflexiones me ocupaban mientras pasaba frente al cenador. Apenas había pasado de largo, cuando mi oído captó un sonido inusual en este tiempo y lugar. Era casi demasiado débil y demasiado efímero como para permitirme una percepción clara de él. Me detuve a escuchar; al poco rato volvió a oírse, y ahora en un tono algo más alto. Era una risa; e indudablemente producida por una voz femenina. Esa voz me era familiar. Era la suya.