Nadie sino yo mismo solía visitarlo.
Por detrás, quedaba oculto a la vista lejana por la roca, y por delante, estaba resguardado de todo examen por plantas trepadoras y ramas de cedros.
¿Qué recoveco podría ser más propicio para el secreto?
El espíritu que lo habitaba antiguamente era puro y exultante. ¡Era un templo sagrado consagrado al recuerdo de los días infantiles y a las dichosas imaginaciones del futuro!
¡Qué sombrío reverso había sobrevenido desde la inoportuna llegada de este extraño!
Ahora, tal vez, es el escenario de sus meditaciones. Propósitos cargados de horror, que eluden la luz y contemplan la profanación de la inocencia, se engendran aquí, se fomentan y se crían hasta la madurez.
Tales eran las ideas que, durante la noche, bulleron tumultuosamente en mi mente.
Repasé cada conversación en la que Carwin había tomado parte. Me esforcé por descubrir las verdaderas deducciones que podían extraerse de su comportamiento y sus palabras en relación con sus pasadas aventuras y sus actuales intenciones. Medité sobre los comentarios que había hecho acerca del relato que yo le había dado del diálogo en el gabinete.
Ninguna idea nueva surgió en el transcurso de este repaso. Desde el principio, me había decepcionado el escaso grado de sorpresa que dicha narración le había provocado. Jamás declaró explícitamente su opinión sobre la naturaleza de aquellas voces, ni decidió si eran reales o visionarias. No recomendó ninguna medida de precaución o prevención.