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XII

Reflexionando sobre estos pensamientos, llegué, hacia el final del día, a la casa de Pleyel. Un mes antes, había recorrido el mismo sendero; ¡pero cuán diferentes eran mis sensaciones!

Ahora iba en busca de alguien que me consideraba el más degenerado del género humano. Debía abogar por la causa de mi inocencia frente a los testigos más explícitos e infalibles de los que sostienen el edificio del conocimiento humano.

Cuanto más me acercaba al momento decisivo, más decaía mi confianza. Cuando el carruaje se detuvo ante la puerta, mis fuerzas se negaron a sostenerme y me arrojé a los brazos de una anciana sirvienta.

No tuve valor para preguntar si su amo estaba en casa. Me atormentaba el temor de que el viaje proyectado ya se hubiera emprendido. Estos temores se disiparon cuando ella me preguntó si debía llamar a su joven amo, que acababa de retirarse a su habitación. Esta noticia me reanimó un poco y resolví ir a buscarlo allí de inmediato.

En mi confusión mental, olvidé llamar a la puerta, y entré en su aposento sin previo aviso.

Esta brusquedad fue totalmente involuntaria. Absorto en reflexiones de tan indescriptible trascendencia, no tuve tiempo de atender a las sutilezas de la etiqueta.

Lo descubrí de pie, con la espalda vuelta hacia la entrada. Un pequeño baúl, con la tapa abierta, estaba ante él y al parecer se había estado ocupando de empaquetar su ropa. En el momento de mi entrada, se hallaba ocupado en contemplar algo que tenía en la mano.

Imaginé que comprendía plenamente esta escena. El retrato que sostenía ante sí, y en el cual tenía tan profundamente absorta su atención, no dudé que fuese el mío. Estos preparativos para su

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