Me ha juzgado sin oírme. Ha sacado, a partir de apariencias dudosas, conclusiones de lo más improbable e injusto. Me ha colmado de los más ultrajantes epítetos. Me ha catalogado junto a prostitutas y ladrones.
No puedo perdonarte, Pleyel, esta injusticia. Tu juicio debe de estar perturbado. Si no es así, si tu conducta fue sobria y deliberada, jamás podré perdonar una ofensa tan poco varonil y tan grosera.
Estos pensamientos dieron lugar gradualmente a otros. Pleyel estaba dominado por algún frenesí pasajero: las apariencias lo habían llevado a errores palpables. ¿De dónde le venía semejante ceguera a su sagacidad? ¿No era acaso el amor?
Previamente seguro de mi afecto por Carwin, devorado por el dolor y los celos, y empujado hasta aquí a esa hora tardía por algún estímulo desconocido, su imaginación transformó sombras en monstruos y lo sumergió en estos deplorables errores.
Esta idea no carecía de consuelo. Mi alma estaba dividida entre la indignación por su injusticia y el deleite debido al origen del que imaginaba que procedía.
Durante mucho tiempo no permitieron la entrada a ningún otro pensamiento.
La sorpresa es una emoción que debilita, no vigoriza. Todas mis meditaciones iban acompañadas de asombro. Vagaba sin rumbo, o me aferraba a una sola imagen con una obstinación que atestiguaba suficientemente la influencia enloquecedora de los recientes acontecimientos.
Gradualmente procedí a reflexionar sobre las consecuencias del error de Pleyel, y sobre las medidas que debía tomar para resguardarme de futuros agravios por parte de Carwin.