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VI

Fueron al aposento de Judith. La hallaron dormida y a salvo. La prudencia de Pleyel lo indujo a abstenerse de alarmar a la muchacha; y al verla totalmente ignorante de lo sucedido, le indicaron que volviera a su cuarto. Luego aseguraron las puertas y regresaron.

Mis amigos se inclinaban a considerar este asunto como un sueño.

Que personas estuvieran realmente emparedadas en este armario, al cual, dadas las circunstancias del tiempo, el acceso desde fuera o desde dentro era aparentemente imposible, no podían creerlo seriamente.

Que algún ser humano hubiera intentado el asesinato, a menos que fuera para encubrir un plan de pillaje, resultaba increíble; pero que tal designio no se había formado, era evidente por la seguridad en que permanecían los muebles de la casa y del armario.

Daba vueltas a cada incidente y expresión que habían ocurrido. Mis sentidos me aseguraban la verdad de ellos, y, sin embargo, su brusquedad e improbabilidad me hacían, a mi vez, algo incrédulo. La aventura había dejado una profunda impresión en mi imaginación, y no fue sino tras una semana de estancia en casa de mi hermano cuando decidí volver a tomar posesión de mi propia vivienda. Había otra circunstancia que acrecentaba el carácter misterioso de este suceso. Tras mi recuperación, resultaba obvio averiguar por qué medios se había llamado la atención de la familia hacia mi situación. Yo había caído antes de alcanzar el umbral, o de poder dar señal alguna. Mi hermano relató que, mientras esto ocurría en mi aposento, él mismo estaba despierto a causa de una ligera indisposición y yacía, según su costumbre, meditando sobre algún tema predilecto. De repente, el silencio, que era notablemente profundo, se vio interrumpido por una voz de una agudeza penetrante, que parecía pronunciada por alguien en el vestíbulo situado bajo su alcoba.

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