Había transcurrido algún tiempo cuando sucedió otro acontecimiento, aún más notable.
Pleyel, a su regreso de Europa, trajo información de considerable importancia para mi hermano. Mis antepasados eran nobles sajones y poseían vastos dominios en Lusacia. Las guerras prusianas habían destruido a aquellas personas cuyo derecho a estas propiedades excluía el de mi hermano.
Pleyel había sido minucioso en sus averiguaciones y había descubierto que, por la ley de primogenitura masculina, las pretensiones de mi hermano eran superiores a las de cualquier otra persona viva en la actualidad. No faltaba más que su presencia en aquel país y una solicitud legal para establecer dicho derecho.
Pleyel recomendó encarecidamente esta medida. Las ventajas que creía que se derivaban de ella eran numerosas, y descuidarlas demostraría la mayor insensatez. Contrariamente a sus expectativas, encontró a mi hermano reacio al proyecto. Al principio pensó que unos ligeros esfuerzos vencerían su resistencia, pero comprobó que dicha aversión no tenía nada de ligera. El interés que ponía en la felicidad de su amigo y de su hermana, y su propia predilección por el suelo sajón, del que él mismo procedía y donde había pasado varios años de su juventud, le hicieron redoblar sus esfuerzos para obtener el consentimiento de Wieland. Con este fin, empleó cuantos argumentos pudo sugerir su inventiva. Pintó con atractivos colores el estado de las costumbres y el gobierno de aquel país, la seguridad de los derechos civiles y la libertad de los