una estrecha amistad. Fue a su casa con la intención de hacer una visita de despedida, y estaba a punto de marcharse, cuando mi joven amiga y yo entramos en la estancia. Es imposible describir las emociones del desconocido cuando clavó los ojos en mi compañera. Se quedó inmóvil por la sorpresa. No pudo ocultar sus sentimientos y se sentó a contemplar en silencio el espectáculo que tenía ante sí. Al fin se volvió hacia la señora Baynton y, más con sus miradas y gestos que con palabras, le suplicó una explicación de la escena. Tomó la mano de la muchacha, quien a su vez estaba sorprendida por su comportamiento, y acercándola hacia sí, dijo con tono ansioso y entrecortado: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su nombre?
Las respuestas que se dieron no hicieron más que aumentar la confusión de sus pensamientos. Sucesivamente se le dijo que ella era hija de alguien cuyo nombre era Louisa Conway, quien llegó entre nosotros en tal fecha, quien ocultó minuciosamente su linaje y los motivos de su huida, cuyos dolores incurables la habían destruido finalmente, y que había dejado a esta niña bajo la protección de sus amigos.
Habiendo escuchado el relato, se deshizo en lágrimas, abrazó con impaciencia a la joven y se proclamó su padre. Cuando las turbulencias excitadas en su pecho por este inesperado encuentro se hubieron calmado un tanto, satisfizo nuestra curiosidad relatando los siguientes incidentes.
“Miss Conway era la única hija de un banquero de Londres, que cumplió con ella todos los deberes de un padre afectuoso. Él había tenido la casualidad de coincidir con ella, se había visto subyugado por sus atractivos, le había ofrecido su mano y había sido aceptado alegremente tanto por el padre como por la hija.