Codal
nydus/WielandPublic
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XXII

encaprichamiento ha producido; pero lo que queda, lo cumpliré. ¡Fue mi voz la que oíste! ¡Fue mi rostro el que viste!

Por un momento dudé de si el recuerdo de los acontecimientos no estaría confuso.

¿Cómo podía estar al mismo tiempo apostado a mi espalda y encerrado en mi armario? ¿Cómo podía estar de pie junto a mí y sin embargo ser invisible?

Pero si la de Carwin era la voz estremecedora y el rostro ígneo que yo había oído y visto, entonces él era el incitador de mi hermano y el autor de estos sombríos ultrajes.

Una vez más aparté los ojos y luché por hablar.

«¡Vete! ¡Hombre de maldad! ¡Malhechor despiadado e implacable! ¡Vete!».

—Obedeceré —dijo él con voz desolada—; mas, desgraciado de mí, ¿soy acaso indigno de reparar los males que he cometido? Vine como un criminal arrepentido. A vos es a quien he ofendido, y ante vuestro tribunal estoy dispuesto a comparecer, a confesar y a expiar mis crímenes. Os he engañado: he jugado con vuestros terrores; he urdido destruir vuestra reputación. Vengo ahora a disipar vuestros errores; a poneros a salvo de temores semejantes; a reconstruir vuestra fama en la medida de mis fuerzas.

“Este es el peso de mi culpa, y este el fruto de mi remordimiento. ¿No queréis oírme? Escuchad mi confesión y luego dictad vuestro castigo. Todo lo que pido es un auditorio paciente.”

“¡Cómo! —repliqué—, ¿no fue tuya la voz que ordenó a mi hermano manchar sus manos con la sangre de sus hijos, estrangular a ese ángel de dulzura que era su esposa? ¿No ha jurado mi muerte y la de Pleyel por

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