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IV

sus preguntas. Los sirvientes, apesadumbrados y mudos, se mostraban igualmente esquivos. Exploró la casa y llamó a su esposa y a su hija por su nombre, pero su llamada fue infructuosa. Por fin, este nuevo desastre le fue explicado. Dos días antes de su llegada, la habitación de su esposa había sido hallada vacía. Ninguna búsqueda, por diligente y ansiosa que fuera, pudo rastrear sus pasos. No se pudo aducir ninguna causa para su desaparición. La madre y la hija habían huido juntas.

Se hicieron nuevos esfuerzos, se requisaron su habitación y sus gabinetes, pero no se encontró ningún vestigio que sirviera para informarles sobre los motivos de su huida, si esta había sido voluntaria o de otro modo, y en qué rincón del reino o del mundo se encontraba oculta.

¿Quién describirá el dolor y el asombro del esposo? ¿Su inquietud, sus vicisitudes de esperanza y temor, y su desesperación final?

Su deber lo llamó a América. Había estado en esta ciudad y había pasado con frecuencia ante la puerta de la casa en la que su esposa, en ese momento, residía.

Su padre no había disminuido sus esfuerzos para esclarecer este doloroso misterio, pero habían fracasado. Esta decepción apresuró su muerte; a consecuencia de la cual, el padre de Louisa se convirtió en poseedor de su inmensa fortuna.

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