abandono absoluto, un abandono originado por tal causa, fue el preludio de la locura. Que Pleyel me abandonara para siempre porque yo había sido ciego a su excelencia, porque había codiciado la impureza y me había casado con la infamia, cuando, por el contrario, mi corazón era el sagrario de toda pureza y latía únicamente por él, era un destino que, mientras mi vida estuviera en mis propias manos, de ningún modo consentiría en soportar.
Recordé que este mal aún se podía prevenir; que todavía estaba en mi poder aplazar este viaje fatal o, tal vez, lograr que se abandonara.
No había impedimentos para realizar una visita: solo temía que la entrevista se demorara demasiado.
Mi hermano secundó mi impaciencia y accedió de inmediato a proporcionarme un carruaje y un criado que me acompañara. Mi propósito era ir directamente a la granja de Pleyel, donde sus ocupaciones solían retenerlo durante el día.