Reflexiono sobre las sensaciones y los razonamientos de aquel período con asombro y humillación. Que yo haya sido insensible a las demandas y a las lágrimas de mis amigos; que haya pasado por alto los dictados del deber y huido de ese puesto en el que únicamente podía contribuir al bienestar de los demás; que el ejercicio de los afectos sociales y benévolos, la contemplación de la naturaleza y la adquisición de sabiduría no se hayan considerado como medios de felicidad que aún estaban a mi alcance, me resulta, en este momento, casi increíble.
Es verdad que ahora he cambiado; pero no tengo el consuelo de pensar que mi cambio se debió a mi fortaleza o a mi capacidad de instrucción.
Me brotaron mejores pensamientos imperceptiblemente en la mente. No puedo menos que felicitarme por el cambio, aunque, tal vez, este solo denote inconstancia de carácter y falta de sensibilidad.
Concluida mi narración, me dirigí a la cama con la firme convicción de que mi carrera en este mundo estaba a punto de terminar. Mi tío se instaló conmigo y desempeñó para mí todas las funciones de enfermero, médico y amigo. Una noche, tras varias horas de inquietud y dolor, caí en un profundo sueño. Su tranquilidad, sin embargo, no duró mucho. Mi imaginación enloqueció de repente y mi cerebro se convirtió en un teatro de estrépito y confusión. No sería fácil describir las incongruencias salvajes y fantásticas que me atormentaban. Mi tío, Wieland, Pleyel y Carwin se dejaban ver de manera sucesiva y fugaz en medio de la tormenta. A veces era tragada por remolinos, o alzada en el aire por formas gigantescas apenas visibles y arrojada sobre rocas puntiagudas, o arrojada entre las olas. A veces se proyectaban