Entre los temas de su conversación, descubrí que Pleyel había omitido cuidadosamente la mención de aquellos sucesos que me habían atraído tanto aborrecimiento. No lograba explicarme su silencio al respecto. Tal vez el tiempo, o algún nuevo descubrimiento, había alterado o sacudido su opinión. Tal vez no estaba dispuesto, aun siendo yo culpable, a perjudicarme en la opinión de mi venerable pariente. Supe que me había visitado con frecuencia durante mi enfermedad, había velado muchas noches consecutivas junto a mi lecho y había manifestado la mayor inquietud por mi causa.
El viaje que se disponía a emprender al término de nuestra última entrevista, la catástrofe de la noche siguiente le obligó a posponerlo.
Los motivos de este viaje los había interpretado mal, hasta entonces, por completo. Me los explicó mi tío, cuyo relato despertó mi asombro sin avivar mi pesar.
En un estado de ánimo diferente, habría acrecentado indeciblemente mi angustia, pero ahora era más una fuente de placer que de dolor. Esto, tal vez, no sea el menos extraordinario de los hechos contenidos en esta narración. Causará menos asombro si añado que mi indiferencia fue temporal, y que el transcurso de unos pocos días me demostró que mis sentimientos estaban adormecidos por un tiempo, más que extinguidos definitivamente.
Theresa de Stolberg vivía. Había concebido la resolución de buscar a su amante en América. Para ocultar su huida, había hecho propagar la noticia de su muerte. Se puso bajo la dirección de Bertrand, el fiel criado de Pleyel. El paquete que este último recibió de manos de su criado contenía la noticia de su llegada a salvo a Boston, y encontrarse con ella allí era el propósito de su viaje.