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XII

“¡Amigo mío! ¡Plugiera al cielo que todavía me fuera permitido llamarle por ese nombre! La imagen que en un tiempo adoré existía solo en mi imaginación; mas aunque no puedo abrigar la esperanza de verla realizada, quizá usted no sea totalmente insensible a los horrores de ese abismo en el que está a punto de precipitarse. ¿Qué corazón se halla exento para siempre de los aguijones del remordimiento y del influjo de las tendencias loables?

“Creí que eras culta y prudente por encima del resto de las mujeres.

No hubo sentimiento que expresaras, ni actitud que asumieras, que no estuvieran, según mi percepción, cargados de las sublimidades de la rectitud y de las luces del genio.

El engaño tiene ciertos límites. Tu educación no podía carecer de influencia. Un entendimiento vigoroso no puede estar totalmente desprovisto de virtud; pero no podías falsificar los poderes de la invención y del raciocinio.

Fui imprudente en mis invectivas. No renunciaré a todas las esperanzas que tengo en ti, sino con la vida. Ignoraré cualquier prueba que me indique que tu corazón está irremediablemente enfermo.

“Vienes a restituirme una vez más a la felicidad; a convencerme de que le has arrancado la máscara al vicio y de que no sientes sino repugnancia por el papel que hasta ahora has representado”.

Ante estas palabras mi ecuanimidad me abandonó. Por un momento olvidé las pruebas de las que se deducían las opiniones de Pleyel, la benevolencia de sus reconvenciones y el dolor que su acento denotaba; me sentí invadida por la indignación y el horror ante acusaciones tan negras; me eché atrás y le dirigí una mirada de desdén y cólera. Mi pasión me proveyó de palabras.

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