Los escenarios que rodeaban nuestras viviendas en Mettingen constituían lo opuesto a esto.
El Schuylkill era aquí una corriente pura y translúcida, fragmentada en una música salvaje e incesante por puntas rocosas, que murmuraba en una orilla de arena y reflejaba en su superficie riberas de todas las variedades de altura y grados de pendiente.
Estas riberas estaban ajedrezadas por manchas de verdor oscuro y masas amorfas de mármol blanco, y coronadas por bosquecillos de cedros, o por la regular magnificencia de los huertos que, en esta estación, estaban en flor y eran pródigos en aromas.
El terreno que se retiraba del río estaba excavado en valles y hondonadas. Sus bellezas se veían realzadas por la habilidad hortícola de mi hermano, quien engalanaba este exquisito conjunto de pendientes y colinas con toda especie de ornamento vegetal, desde los brazos gigantescos del roble hasta los zarcillos racimosos de la madreselva.
Para protegerlo de los insanos aires de su