frecuentaba.
Tales fueron las ideas que primero acudieron a mi mente al leer la carta.
Mientras tanto, reanudé mi viaje. Mis pensamientos seguían morando en el mismo tema. Poco a poco, de tanto rumiar sobre esta misiva, volví a centrarme en mi entrevista con Pleyel.
Recordé los pormenores del diálogo del cual él había sido oyente. Mi corazón se encogió de nuevo al contemplar la inextricable complejidad de este engaño y la desdichada concurrencia de acontecimientos que tendían a confirmarle en su error.
Cuando se acercó a la puerta de mi habitación, mi terror me mantuvo muda. Quizá pegó el oído a la rendija, pero no captó sonido humano alguno. De haber llamado, o hecho cualquier señal que indicara que había alguien dentro, habrían sobrevenido las palabras; y como la omnipresencia era imposible, este descubrimiento, y el ingenuo relato de lo que acababa de suceder, me habrían librado de sus invectivas homicidas.
Entró en su habitación y, tras un intervalo, crucé sigilosa el vestíbulo y bajé las escaleras con pasos inaudibles. Tras asegurar las puertas exteriores, regresé con menor precaución. No me oyó al bajar; pero mis pasos de regreso se distinguían con facilidad. Ahora pensaba que la entrevista culpable había tocado a su fin. ¿De qué otro modo le era posible interpretar estas señales?
¡Cuán falaz y precipitada fue mi decisión! La intriga de Carwin debió su éxito a una coincidencia de acontecimientos difícilmente creíbles. La balanza se desequilibró por un cabello. Si tan solo hubiera comenzado la conversación relatando lo que me aconteció en mi aposento, mi entrevista previa con Wieland le habría