que no fuera la ocultación se pretendía? ¿Por qué se había producido la iluminación para ser puesta fin de ese modo tan repentino? Y, ya que alguien estaba allí, ¿por qué se había guardado silencio?
Eran estas cuestiones cuya solución es fácil suponer que entrañaba un grave peligro. ¿No se ampliaría este peligro, al ser medido por los temores de una mujer, hasta adquirir dimensiones gigantescas?
Amenazas de muerte; los asombrosos apremios de una voz que advertía; los conocidos y desconocidos atributos de Carwin; nuestra reciente entrevista en esta habitación; la cita acordada de antemano en este lugar y a esta hora, todo acudió en tropel a mi memoria.
¿Qué debía hacerse?
El valor no es un principio definido ni inquebrantable. Que aquel hombre que se proponga asignar motivos a las acciones de otro, se sonroje por su necedad y se abstenga. No más presuntuoso sería intentar la clasificación de toda la naturaleza y escrutar la inteligencia suprema.
Contemplé un minuto la ventana y fijé mis ojos, por un segundo minuto, en el suelo. Saqué de mi bolsillo y abrí una cortapluma. Esto, dije, sea mi salvaguarda y vengador. El agresor perecerá, o yo mismo caeré.
Había cerrado la casa con llave por la mañana, pero llevaba la llave de la puerta de la cocina en el bolsillo. Por lo tanto, decidí entrar por la parte trasera. Me apresuré hacia allí, abrí y entré. Todo estaba solitario, sombrío y desierto. Familiarizado como estaba con cada rincón de mi vivienda, encontré fácilmente el camino hacia un armario, saqué una vela, un pedernal, yesca y eslabón, y, en poco más de un instante, me brindé la guía y la protección de la luz.
¿Con qué propósito medité? ¿Debía tantear el camino hasta mi aposento y enfrentarme al ser que había osado irrumpir en este refugio, y