¿No he dicho ya que mis actos estaban dictados por el delirio?
Mi razón había dejado, por un tiempo, de sugerir o guiar mis propósitos.
Reiteré mis esfuerzos. Puse en juego todas mis fuerzas para vencer el obstáculo, pero en vano.
La fuerza empleada para mantenerlo cerrado era superior a la mía.
Un observador casual podría, tal vez, aplaudir la audacia de esta conducta.
¿De dónde, sino de un hábito de desafiar al peligro, podría haber surgido mi perseverancia? Ya he señalado, tan claramente como me es posible, la causa de esta.
La idea frenética de que mi hermano estaba dentro, de que la resistencia opuesta a mi propósito era ejercida por él, se había arraigado en mi mente. Comprenderéis el colmo de este encaprichamiento cuando os diga que, al ver inútiles todos mis esfuerzos, recurrí a las exclamaciones.
Sin duda, estaba por completo desprovista de juicio.
Now had I arrived at the crisis of my fate.
“O! hinder not the door to open,” I exclaimed, in a tone that had less of fear than of grief in it. “I know you well. Come forth, but harm me not. I beseech you come forth.”