estoy al corriente del alcance de sus conocimientos actuales. No hay nadie más que Wieland, Pleyel y yo capaz de relatar ciertos hechos.
—Ahórrese el dolor —dijo él—. Todo lo que Wieland y Pleyel pueden comunicar, ya lo sé. Si algo de importancia ha caído dentro de su conocimiento exclusivo, y el relato no es demasiado arduo para su fuerza actual, confieso que deseo escucharlo. Tal vez aluda usted a uno llamado Carwin. Me anticiparé a su curiosidad diciendo que, desde estos desastres, nadie lo ha visto ni oído hablar de él. Su intervención es, por tanto, un misterio aún sin resolver.
Accedí de buen grado a su petición y relaté con tanta claridad como pude, aunque en términos generales, los acontecimientos sucedidos en el cenador y en mi aposento.
Escuchó sin aparente sorpresa el relato de los errores y sospechas de Pleyel, y con mayor gravedad, mi narración de las advertencias, la visión inexplicable y la carta hallada sobre la mesa.
Esperé sus comentarios.
—Sacas en conclusión de esto —dijo—, que Carwin es el autor de toda esta desgracia.
—¿No es acaso —respondí yo— una deducción inevitable?
Pero ¿qué sabe usted al respecto? ¿Acaso era posible perpetrar semejante fechoría sin testigos ni cómplices? Le ruego que me relate cuándo y por qué fue convocado el señor Hallet al lugar de los hechos, y quién sospechó o descubrió primero este desastre. Sin duda alguna, las sospechas debieron recaer sobre alguien y se emprendió su persecución.
Mi tío se levantó de su asiento y recorrió la habitación a pasos apresurados. Tenía los ojos clavados en el suelo y parecía sumido en la perplejidad. Al fin se detuvo y dijo con tono enfático: