Como este hombre estaba ilustrado por la lectura y los viajes, escuché con avidez las observaciones que pudiera hacer.
Al principio albergué una especie de temor de que él oyera el relato con incredulidad y secreta burla. Anteriormente había escuchado historias que se le asemejaban en algunas de sus circunstancias misteriosas, pero por lo general las escuchaba con desprecio. Tenía dudas de si la misma impresión no recaería ahora en la mente de nuestro huésped; pero me equivoqué en mis temores.
Él los escuchó con seriedad, y sin ninguna muestra de sorpresa ni de incredulidad.
Prosiguió, con visible placer, aquel género de indagación que estas sugerían de manera natural. Su imaginación era eminentemente vigorosa y prolífica, y si no logró persuadirnos de que los seres humanos son admitidos, a veces, a una comunicación sensible con el autor de la naturaleza, al menos ganó nuestra inclinación para su causa.
Tan solo dedujo, a partir de sus propios razonamientos, que dicha comunicación era probable; pero confeso que, aunque conocía muchos casos algo similares a los que nosotros habíamos relatado, ninguno de ellos estaba perfectamente exento de la sospecha de intervención humana.
Al ser requerido para relatar estos casos, nos divirtió con muchos detalles curiosos. Sus narraciones estaban construidas con tanta habilidad y ensayadas con tanta energía, que con frecuencia producían todos los efectos de una representación dramática. Aququéllas que eran más coherentes y minuciosas, y, por consiguiente, menos dignas de crédito, resultaban sin embargo probables gracias al exquisito arte de este retórico.