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XV

Estas reflexiones, si no cambiaron, al menos suspendieron mi decisión. En este estado de incertidumbre me apeé en la Cabaña. Dábamos este nombre a la casa habitada por el granjero y sus criados, la cual estaba situada en el límite de las tierras de mi hermano, y a una distancia considerable de la mansión. El sendero hacia la mansión estaba bordeado por una doble hilera de nogales. Por este sendero avancé solo. Entré en el salón, en el que había una luz que expiraba en el candelero. No había nadie en la estancia. Noté por el reloj colgado en la pared que faltaba poco para las once. Lo avanzado de la hora me sobresaltó. ¿Qué había sido de la familia? Por lo general se retiraban una hora antes de esto; pero la vela sin apagar y la puerta sin trancar eran indicios de que no se habían retirado. Volví de nuevo al vestíbulo y pasé de una habitación a otra, pero seguí sin encontrar a un solo ser humano.

Me imaginé que, tal vez, el transcurso de unos minutos explicaría estas apariciones. Mientras tanto, reflexioné que la hora acordada había llegado. Carwin tal vez estuviera esperando mi llegada. Si me retiraba inmediatamente a mi propia casa, nadie se enteraría de mi proceder. Es más, la entrevista podría transcurrir y yo podría regresar en media hora. De este modo, no surgiría ninguna necesidad de disimulo.

Me hallaba tan influenciado por estas ideas que me levanté para ejecutar este designio; pero de nuevo acudió a mi mente la condición inusitada de la casa, y cierta vaga inquietud sobre el estado de la familia. Estaba casi seguro de que mi hermano no se había retirado; pero no podía adivinar en modo alguno qué motivos habrían podido inducirlo a abandonar su casa a estas horas inoportunas. Louisa Conway, al menos, estaba en casa y se había retirado, probablemente, a su habitación; tal vez ella pudiera proporcionarme la información que deseaba.

Fui a su aposento y la hallé dormida. Estaba encantada y sorprendida por mi llegada, y me contó con cuánta impaciencia y ansiedad mi hermano y su esposa habían aguardado

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