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nydus/WielandPublic
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XXVII

Este acontecimiento fue soportado por él con su fortaleza habitual. Lo indujo, sin embargo, a hacer un cambio en sus planes. Vendió sus propiedades en América y se unió a mi tío y a mí, quienes habíamos dado fin a las peregrinaciones de dos años en Montpellier, que en adelante, según creo, será nuestra morada permanente.

Si reflexionas sobre toda esa confianza que había existido desde nuestra infancia entre Pleyel y yo; sobre la pasión que yo había contraído, y que solo había estado sofocada por un tiempo; y sobre la estima que era mutua, quizá no te sorprendas de que la renovación de nuestro trato diera origen a esa unión que actualmente existe.

Cuando transcurrió el período necesario para debilitar el recuerdo de Theresa, a quien había estado ligado por lazos más de honor que de amor, me ofreció su afecto. No necesito añadir que la oferta fue aceptada con entusiasmo.

Tal vez te interese un tanto la suerte de Carwin. Vio, cuando ya era muy tarde, el peligro de la impostura. Tan afectado quedó por la catástrofe de la que fue testigo, que dejó de lado toda consideración hacia su propia seguridad. Buscó a mi tío y le confió la historia que acababa de relatarme. Encontró a un oyente más imparcial e indulgente en el señor Cambridge, quien atribuyó a una ilusión maníaca la conducta de Wieland, aunque concibió que la acción previa y oculta de Carwin había predispuesto de manera indirecta pero poderosa a esta deplorable perversión de la mente.

Para Carwin era fácil eludir las persecuciones de Ludloe. Le bastaba con esconderse en un distrito remoto de Pensilvania. Esto, cuando se separó de nosotros, fue lo que decidió hacer. Ahora probablemente se encuentre dedicado a las inofensivas labores de la agricultura, y quizá llegue a pensar, sin un remordimiento insoportable, en los males a los que sus fatales talentos dieron vida. La

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