y a las impresiones fortuitas que la sociedad pudiera causarnos. El carácter de mi amigo, así como el mío propio, nos eximió de mucha ansiedad por este motivo. No debe suponerse que carecíamos de religión, sino que para nosotros era el producto de sentimientos vivos, avivados por la reflexión sobre nuestra propia felicidad y por la grandeza de la naturaleza exterior. No buscábamos una base para nuestra fe en la ponderación de pruebas ni en la disección de credos. Nuestra devoción era un sentimiento mixto y ocasional, rara vez expresado con palabras, o buscado con afán, o retenido con esmero. En medio del goce presente, no se le concedía ningún pensamiento al futuro. Como consuelo en la calamidad, la religión es entrañable. Pero la calamidad aún estaba lejos, y su única tendencia era realzar unos goces que no necesitaban tal adición para satisfacer cada anhelo.
La situación de mi hermano era algo distinta. Su comportamiento era grave, prudente y reflexivo. No diré si debía esta disposición a ideas más sublimes. La vida humana, en su opinión, estaba compuesta de elementos mudables, y los principios del deber no eran fáciles de desentrañar. El porvenir, ya fuera anterior o posterior a la muerte, era un escenario que requería cierta preparación y previsión. No podíamos negar estas premisas, pero lo que lo distinguía era su propensión a rumiar sobre estas verdades. Las imágenes que nos visitaban eran alegres y joviales, pero aquellas con las que él estaba más familiarizado eran de un tinte opuesto. No generaban aflicción ni temor, pero impregnaban su conducta de un cierto aire de circunspección y sobriedad.