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IV

Una tarde de mayo, la sosiega del aire y el brillo de la verdura nos impulsaron a reunirnos, más temprano que de costumbre, en el templo. Nosotras, las mujeres, estábamos ocupadas con la aguja, mientras mi hermano y Pleyel intercambiaban citas y silogismos. El punto debatido era el mérito de la oración por Cluencio, como descripción, primero, del genio del orador y, segundo, de las costumbres de la época. Pleyel se esforzó por atenuar ambas clases de mérito y exigió a su ingenio demostrar que el orador había abrazado una mala causa; o, al menos, una dudosa. Argumentó que confiar en las exageraciones de un defensor, o tomar la imagen de una sola familia como modelo a partir del cual esbozar la condición de una nación, era absurdo. La controversia fue desviada repentinamente hacia un nuevo cauce debido a una cita errónea. Pleyel acusó a su compañero de haber dicho «polliciatur» cuando debió decir «polliceretur». Nada zanjaría la contienda sino acudir al volumen. Mi hermano regresaba a la casa con este propósito, cuando un criado le salió al

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