con un celo peculiar. Su elocución era menos dulce que sonora y, por tanto, más adecuada que las melifluidades de su amigo para la escandalosa vehemencia de este drama.
¿Qué podría retenerlo? Tal vez se demoró por olvido. Mas esto era increíble. Jamás se le había conocido falla en la memoria, ni siquiera en las ocasiones más triviales. No menos imposible era que el proyecto hubiera perdido sus atractivos y que se quedara porque su venida no le reportaría ninguna satisfacción. ¿Pero por qué habríamos de exigirle que se atuviera al minuto exacto?
Media hora transcurrió, pero Pleyel aún estaba lejos.
Quizá había comprendido mal la hora que se le había propuesto. Quizá había creído que mañana, y no hoy, había sido el día elegido para este propósito; pero no.
Un repaso de las circunstancias precedentes demostraba que tal equívoco era imposible; pues él mismo había propuesto este día y esta hora. Este día, su atención no estaría ocupada por otro asunto; pero para mañana se preveía un compromiso indispensable que consumiría todo su tiempo: su demora, por lo tanto, debía obedecer a algún acontecimiento imprevisto y extraordinario.
Nuestras conjeturas eran vagas, tumultuosas y, a veces, temerosas. Su enfermedad y su muerte posiblemente lo habían retenido.
Torturados por la incertidumbre, nos sentamos a mirarnos el uno al otro y a mirar el sendero que partía del camino. Cada jinete que pasaba era imaginado, por un momento, como si fuera él. Hora tras hora fue pasando, y el sol, declinando gradualmente, al fin desapareció. Cada señal de su llegada resultó falaz, y nuestras esperanzas terminaron por desvanecerse.