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XXII

El silencio reinaba en mi morada, y una oscuridad producida por puertas y contraventanas cerradas. Cada objeto estaba conectado con mi historia o la de mi hermano. Pasé por el vestíbulo, subí la escalera y abrí la puerta de mi habitación. Me costó trabajo refrenar la imaginación y sofocar mis temores. Los movimientos leves y los sonidos casuales se transformaban en sombras que hacían seña alguna y figuras que llamaban.

Me dirigí al armario. Lo abrí y miré a su alrededor con temor. Todas las cosas estaban en su orden habitual. Busqué y encontré el manuscrito donde solía depositarlo.

Una vez asegurado esto, no había nada que me detuviera; sin embargo, me quedé contemplando un rato los muebles y las paredes de mi habitación. Recordé cuánto tiempo había sido este aposento un dulce y tranquilo asilo; comparé su estado anterior con su desolación actual, y reflexioné que ahora lo contemplaba por última vez.

Aquí fue presenciado el incomprehensible comportamiento de Carwin: este fue el escenario en el que aquel enemigo del hombre se mostró por un momento sin máscara.

Aquí las amenazas de asesinato llegaron flotando a mis oídos; y aquí se ejecutaron tales amenazas.

Estos pensamientos tendían a arrebatarme el dominio de mí misma. Mis endebles extremidades se negaron a sostenerme y me desplomé en una silla. Exclamaciones incoherentes y semiarticuladas escaparon de mis labios. Pronuncié el nombre de Carwin y lancé sobre él eternas desdichas, desdichas semejantes a las que su maldad nos había acarreado. Invoqué al cielo omnividente para que sacara a la luz y castigara a este traidor, y reproché a su providencia el haber demorado tanto tiempo el castigo que correspondía a una culpa tan enorme.

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