Una tarde coincidimos a solas en el templo. Aproveché la ocasión para sondear el estado de sus pensamientos. Tras una pausa, que él no parecía dispuesto a interrumpir en absoluto, le dirigí la palabra:—«¡Cuán casi palpable es esta oscuridad; y sin embargo, un rayo de lo alto bastaría para disiparla».—«Sí —dijo Wieland con fervor—, no solo la noche física, sino también la moral quedaría disipada».—«Pero ¿por qué —le dije— ha de dirigir la Voluntad Divina sus preceptos a la vista?». Él sonrió con complicidad.—«Es verdad —dijo—, el entendimiento tiene otros caminos».—«Nunca —le dije, acercándome más al asunto—, nunca me has dicho de qué modo consideras el reciente y extraordinario incidente».—«No hay una manera categórica de contemplar el asunto. Aquí hay un efecto, pero la causa es totalmente inescrutable. Suponer un engaño no sirve. Tal cosa es posible, pero hay otras veinte suposiciones más probables. Todas ellas deben descartarse antes de que lleguemos a ese punto».—«¿Cuáles son esas veinte suposiciones?».—«Es innecesario mencionarlas. Son solo menos improbables que la de Pleyel. El tiempo puede convertir una de ellas en certeza. Hasta entonces, es inútil explayarse sobre ellas».
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IV
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