Sin embargo, persistiré hasta el fin. Mi relato podrá verse invadido por la imprecisión y la confusión; pero si no he de vivir más, viviré, al menos, para concluirlo. ¿Qué sino ambigüedades, brusquedades y oscuras transiciones puede esperarse del historiador que es, al mismo tiempo, la víctima de estos desastres?
He dicho que eché una mirada atrás. Se esperaba ver algún objeto, o ¿por qué habría dirigido la mirada en esa dirección?
Dos sentidos fueron asaltados al mismo tiempo. El mismo grito penetrante de ¡basta! ¡basta! fue pronunciado a la misma distancia de mi oído. Esto fue lo que escuché. La ondulación en el aire y la sacudida que recibieron mis nervios fueron reales.
Podía dudarse si el espectáculo que contemplaba existía en mi imaginación o fuera de ella. Yo no había cerrado la puerta de la habitación que acababa de dejar. La escalera, al pie de la cual me encontraba, estaba a ocho o diez pies de la puerta, y unida a la pared por la cual se abría dicha puerta. Mi campo visual, por lo tanto, era lateral y no abarcaba ninguna parte de la estancia.
Por esta abertura se asomó una cabeza y fue retirada con tanta rapidez que la inmediata convicción fue que una parte semejante de una forma, ordinariamente invisible, había sido descubierta.
El rostro estaba vuelto hacia mí. Cada músculo era tenso; la frente y las cejas se contraían en una expresión vehemente; los labios estaban estirados como en el acto de gritar, y los ojos emitían chispas que, sin duda, de no haber estado yo acompañado por una luz, habrían iluminado como las fulguraciones de un meteoro.
El sonido y la visión se presentaron y se marcharon juntos al mismo instante; pero el grito sopló en mi oído mientras el rostro se hallaba a muchos pasos de distancia.