Imágenes tan terribles y vívidas me impidieron, durante un tiempo, distinguir entre el sueño y la vigilia, y me privaron de la consciencia de mi estado real. A mis pánicos iniciales les sucedieron las turbaciones de la sorpresa al verme a solas al aire libre y sumido en una penumbra tan densa. Poco a poco fui recordando los sucesos de la tarde y cómo había llegado hasta allí. No podía calcular la hora, pero comprendí la conveniencia de regresar a toda prisa a la casa. Mis facultades aún estaban demasiado obnubiladas, y la oscuridad era demasiado intensa, para permitirme encontrar de inmediato el camino de subida por la pendiente. Me senté, por tanto, para serenarme y reflexionar sobre mi situación.
Apenas hube hecho esto, se oyó una voz baja desde detrás de la celosía, del lado en que yo me sentaba. Entre la roca y la celosía había un abismo no lo suficientemente ancho como para admitir un cuerpo humano; sin embargo, en este abismo parecía estar apostado aquel que hablaba.
«¡Atiende! ¡atiende!, pero no te aterrorices.»
Me estremecí y exclamé: «¡Dios santo! ¿Qué es eso? ¿Quién es usted?».
«Un amigo; alguien que ha venido, no para hacerte daño, sino para salvarte; no temas nada».
Se reconoció al instante que esta voz era la misma que una de las que había oído en el armario; era la voz de aquel que había propuesto pegar un tiro, en vez de estrangular, a su víctima. Mi terror me dejó, de golpe, mudo e inmóvil. Continuó,