infundido una vez más en mí. Decidí ejecutar mi deber. Me siguió y renovó sus apasionadas súplicas para saber la causa de mi angustia. «Levanté mi cabeza y la miré con ojos firmes. Murmuré algo acerca de la muerte y de los mandatos de mi deber. A estas palabras se encogió y me miró con una nueva expresión de angustia. Tras una pausa, apretó sus manos y exclamó: «"¡Oh, Wieland! ¡Wieland! Dios quiera que esté equivocada; mas seguro algo va mal. Lo veo: es demasiado claro: estás arruinado, perdido para mí y para ti mismo". Al mismo tiempo contemplaba mis facciones con la más intensa ansiedad, con la esperanza de que ocurrieran síntomas diferentes. Le respondí con vehemencia: «"¡Arruinado! No; mi conocimiento del deber es claro y doy gracias a mi Dios de que mi cobardía esté ahora vencida y tenga el poder de cumplirlo. ¡Catharine! Me compadezco de la debilidad de tu naturaleza; me compadezco de ti, mas no debo perdonar. Tu vida es reclamada de mis manos: ¡debes morir!" «El miedo se sumó ahora a su dolor. "¿Qué quieres decir? ¿Por qué hablas de muerte? Recapacita, Wieland: recapacita y este arrebato pasará. ¡Oh, por qué vine aquí! ¿Por qué me arrastraste aquí?" «"Te traje aquí para cumplir un mandato divino. Estoy designado como tu destructor y debo destruirte". Diciendo esto le asié las muñecas. Gritó con fuerza e intentó liberarse de mi asimiento; mas sus esfuerzos fueron vanos.
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