de vuestra estima. Lo que pienso y lo que siento carece de importancia a vuestros ojos. > Que el deber que me debo a mí mismo me permita olvidar vuestra existencia. En pocos minutos me marcharé de aquí. Sed el hacedor de vuestra fortuna, y que la adversidad os enseñe esa sabiduría que la educación no pudo
Aquellas fueron las últimas palabras que pronunció Pleyel. Salió de la habitación, y mis nuevas emociones me permitieron presenciar su marcha sin una pérdida aparente de compostura.
Mientras permanecía a solas, medité sobre estos acontecimientos. Nada era más evidente que el hecho de que me había despedida para siempre de la felicidad. La vida era algo sin valor, separada de aquel bien que ahora me había sido arrebatado; sin embargo, el sentimiento que ahora me dominaba no tenía tendencia alguna a paralizar mis esfuerzos ni a abatir mis fuerzas.
Noté que la luz iba decayendo y comprendí lo conveniente que era abandonar aquella casa. Volví a subir al carruaje y regresé lentamente hacia la ciudad.