No tenía inclinación ni fuerzas para moverme de aquel lugar. Durante más de una hora, mis facultades y mis miembros parecieron verse privados de toda actividad.
La puerta de abajo chirrió en sus goznes y unos pasos subieron por la escalera. Mis pensamientos errantes y confusos se recobraron al instante con estos sonidos y, dejando caer la cortina de la cama, me trasladé a una parte de la habitación desde donde pudiera ver a cualquiera que entrase; tales son las vibraciones del sentimiento que, a pesar del aparente cumplimiento de mis temores y del aumento de mi peligro, en esta ocasión no experimenté más turbulencia que la de la curiosidad.
Al fin entró en el aposento, y reconocí a mi hermano. Era el mismo Wieland al que siempre había visto. Sin embargo, sus facciones estaban impregnadas de una nueva expresión. Suponía que ignoraba la suerte de su esposa, y su aspecto confirmaba esta creencia. Una frente que se ensanchaba en la exultación jamás se la había visto hasta entonces, y sin embargo, tal frente lucía ahora. No solo no estaba enterado del desastre ocurrido, sino que algún acontecimiento dichoso le había sobrevenido. ¡Qué giro se preparaba para aniquilar su efímera dicha! Ningún esposo había sentido jamás una devoción más tierna, pues ninguna esposa había exigido una entrega tan ilimitada. Yo no abrigaba dudas acerca de los efectos que se generarían a partir del descubrimiento de su destino. No confiaba en absoluto en los esfuerzos de su razón ni de su piedad. Había pocos males a los que su manera de pensar no despojara de su aguijón; pero aquí, todos los calmantes del dolor y todos los inductores