dormitorio de mi padre y que, debido a que era obra suya, todos los miembros de nuestra familia contemplaban con veneración. Me había tocado a mí en el reparto de sus bienes y fue colocado en este refugio. El sonido despertó una serie de reflexiones en torno a su muerte. No se me permitió continuarlas; pues apenas habían cesado las vibraciones, cuando mi atención fue atraída por un murmullo que, al principio, pareció provenir de unos labios pegados a mi oreja.
No es de extrañar que una circunstancia como esta me sobresaltara.
En el primer impulso de mi terror, solté un leve grito y me encogí hacia el lado opuesto de la cama. En un momento, sin embargo, me recuperé de mi temor. Yo era habitualmente indiferente a todas las causas de miedo que afligen a la mayoría. No abrigaba ningún temor ni a los fantasmas ni a los ladrones. Nuestra seguridad jamás había sido molestada por unos ni por otros, y no empleaba ningún medio para prevenir o contrarrestar sus maquinaciones.
Mi tranquilidad, en esta ocasión, fue recuperada rápidamente. El susurro procedía evidentemente de alguien que estaba apostado junto a mi cama. La primera idea que se me ocurrió fue que había sido pronunciado por la muchacha que vivía conmigo como criada. Quizá algo la había alarmado, o estaba enferma, y había venido a pedirme ayuda. Susurrándome al oído, pretendía despertarme sin asustarme.
Pleno de esta persuasión, llamé; «Judith —le dije—, ¿eres tú? ¿Qué quieres? ¿Te ocurre algo?» No obtuve respuesta. Repetí mi pregunta, pero fue igualmente en vano. Por nublado que estuviera el ambiente, y por mucho que mi cama tuviera cortinas, no se veía nada. Descorrí la cortina y, apoyando la cabeza