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XXV

impresión en mi intelecto. Los efectos más remotos y los peligros colaterales no los vi. Quizá la pausa de un instante habría bastado para traerlos a la memoria. La improbabildiad de que la influencia que gobernaba a Wieland fuera externa o humana; la tendencia de esta estratagema a sancionar un error tan fatal, o a sustituir una furia más destructiva en lugar de esta; la suficiencia de las meras fuerzas musculares de Carwin para contrarrestar los esfuerzos y contener el furor de Wieland, habrían podido descubrirse a un segundo vistazo; pero no se permitió un segundo vistazo. Mi primer pensamiento me precipitó a la acción y, fijando los ojos en Carwin, exclamé:

«¡Oh, desgraciado! ¿Has venido una vez más? ¡Que sea para abjurar de tu malicia; para contrarrestar esta estratagema infernal; para alejar de mí y de mi hermano esta furia devastadora!

«Testifica tu inocencia o tu remordimiento: ejerce los poderes que te pertenecen, cualesquiera que sean, para apartar esta ruina.

¡Tú eres el autor de estos horrores! ¿Qué he hecho para merecer morir así? ¿Cómo he merecido esta persecución implacable? ¡Te conjuro, por ese Dios cuya voz has osado falsificar, a que salves mi vida!

“¿Te irás entonces? ¡Déjame! ¡Desamparada!”

Carwin escuchó mis súplicas inmutable y se apartó de mí. Pareció dudar un momento; luego se deslizó por la puerta.

La rabia y la desesperación ahogaron mi voz. El intervalo de tregua había pasado; los tormentos que me reservaba Wieland no debían ser soportados; mis pensamientos volvieron a precipitarse en la anarquía.

Tras recibir el cuchillo de su mano, lo había sostenido flojamente y sin prestarle atención; pero ahora volvió a captar mi interés y lo aferré con fuerza.

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