que mis esfuerzos por hacer patente mi inocencia fuesen infructuosos. Las apariencias adversas podían ser numerosas y falaces, pero eran indudablemente falsas. Estaba dispuesta a creerlo sincero, a suponer que no formulaba acusaciones que él mismo no creyera; pero tales cargos carecían de verdad. Los fundamentos de su opinión eran falaces, y yo deseaba la oportunidad de detectar su falacia. Le rogué que fuera explícito y que me diera detalle de lo que había oído y de lo que había visto.
Al oír estas palabras, el semblante de mi compañero se oscureció aún más. Parecía estar luchando contra su furia. Abrió los labios para hablar, pero sus acentos murieron antes de tomar forma. Este conflicto duró unos minutos, pero su fortaleza salió finalmente victoriosa. Habló de este modo:
“Quisiera poner fin a esta odiosa escena: lo que diga no será más que un aliento consumido en vano e inútilmente. La narración más clara no añadirá nada a vuestro conocimiento actual.
Conocéis los fundamentos de mi opinión, y sin embargo os declaráis inocente: ¿Por qué he de repetir entonces esos fundamentos? Estáis enterado del carácter de Carwin: ¿Por qué he de enumerar entonces los descubrimientos que he hecho respecto a él?
Sin embargo, puesto que es vuestra petición; puesto que, considerando la limitación de las facultades humanas, algún error puede tal vez ocultarse en esas apariencias de las que he sido testigo, relataré brevemente lo que sé.
¿Necesito explayarme sobre las impresiones que vuestra conversación y vuestro comportamiento dejaron originariamente en mí? Nos separábamos en la infancia; pero nuestro trato por carta fue abundante e ininterrumpido. ¡Con qué afecto anticipé un encuentro con alguien a