menos que la infidelidad de aquella a quien había dedicado su corazón. El silencio tenía que haber sido premeditado. Su enfermedad, o su ausencia, o su muerte, habrían aumentado la certeza de que alguien hubiese escrito. No cabía otra suposición que la de que su amada se había vuelto indiferente, o que había transferido su afecto a otro. La pérdida de una carta estaba casi fuera del alcance de lo posible. Desde Leipzig hasta Hamburgo, y desde Hamburgo hasta aquí, el transporte no corría ningún peligro.
Él había estado tanto tiempo retenido en América principalmente a consecuencia de la aversión de Wieland hacia el plan que proponía.
Ahora se mostraba más impaciente que nunca por regresar a Europa. Cuando reflexionaba que, debido a sus tardanzas, probablemente había perdido el afecto de su amada, sus sensaciones rayaban en la agonía. Solo le quedaba, mediante su pronta partida, reparar, de ser posible, o prevenir tan intolerable desgracia.
Ya estaba medio decidido a embarcarse en este mismo buque que, según le informaron, zarparía de regreso en pocas semanas.
Entre tanto, determinó hacer un nuevo intento para quebrantar la resolución de Wieland. La tarde estaba ya bastante avanzada cuando invitó a este a dar un paseo con él. La invitación fue aceptada, y dejaron a Catharine, a Louisa y a mí que nos divirtiéramos con los mejores medios a nuestro alcance. Durante este paseo, Pleyel reanudó el tema que estaba más cerca de su corazón. Volvió a esgrimir todos sus argumentos anteriores y los presentó bajo luces más contundentes.
Prometieron volver en breve; pero hora tras hora fue pasando, y no daban señales de vida.