alma, no dejó de ser notado por mis amigos. Mi hermano era siempre un modelo de solemnidad. Mi hermana era arcilla, moldeada por las circunstancias en las que le tocaba encontrarse. No había más que uno cuyo comportamiento resta por describir como importante para nuestra felicidad. ¿Había desterrado Pleyel asimismo su vivacidad?
Él era tan caprichoso y bromista como siempre, pero no era feliz. La verdad, a este respecto, revestía demasiada importancia para mí como para no convertirme en un observador vigilante. Su alegría se percibía fácilmente como el fruto del esfuerzo.
Cuando sus pensamientos se apartaban de la compañía, un aire de insatisfacción e impaciencia se deslizaba por sus facciones. Incluso la puntualidad y frecuencia de sus visitas disminuyeron un tanto.
Se podrá suponer que mi propia inquietud se vio acrecentada por estos indicios; pero, por extraño que parezca, no hallé en el estado actual de mi mente más alivio que en el convencimiento de que Pleyel era infeliz.
Esa infelicidad, en verdad, dependía, para tener valor a mis ojos, de la causa que la producía. No provenía de la muerte de la dama sajona; no era una emanación contagiosa de los rostros de Wieland o Carwin.
No había más que otra fuente de donde pudiera manar. Un éxtasis sin nombre recorrió todo mi cuerpo al surgir cualquier nueva prueba de que la ambigüedad de mi comportamiento era la causa.