acciones una seguridad injustificada? Para evitar los efectos de mi encaprichamiento, se habían
En mi sueño, aquel que me tentó a mi destrucción fue mi hermano.
La muerte estaba al acecho en mi camino.
¿De qué mal fui rescatado ahora?
¿Qué ministro o instrumento del mal estaba encerrado en este recoveco?
¿Quién era aquel cuyo apretón sofocante iba a sentir, si osaba entrar en él?
¿Qué monstruosa concepción es esta? ¡mi hermano!
No; la protección, y no el agravio, es su dominio.
¡Extraña y terrible quimera! Sin embargo, no se la desterraría de golpe. No fue ciertamente una agencia vulgar la que dio esta forma a mis temores. Aquel ante quien todas las partes del tiempo están igualmente presentes, a quien ninguna contingencia se acerca, era el autor del sortilegio que ahora se apoderaba de mí.
La vida me era cara. No había presente ninguna consideración que me ordenara renunciar a ella. El deber sagrado se combinaba con todo sentimiento espontáneo para hacerme entrañable mi existencia. ¿No habría de estremecerme cuando mi existencia corría peligro?
Pero ¿qué emoción debía poseerme cuando el brazo levantado contra mí era el de Wieland?
En nuestras mentes