¿Era tan totalmente insostenible la conjetura de que mi papel había sido representado por algún imitador? Los ejemplos de esta facultad son comunes. La maldad de Carwin debió de haber estado a la altura de semejantes tretas, según su opinión, y, sin embargo, se adoptó la suposición de mi culpabilidad antes que esa.
Pero ¿cómo iba a sacarse a la luz este error? ¿Qué otra cosa que mi propia afirmación tenía yo para poner en la balanza en su contra? ¿Se permitiría que esto pesara más que el testimonio de sus sentidos?
No tenía testigos para probar mi existencia en otro lugar. Los acontecimientos reales de esa noche son maravillosos. Pocos, a quienes se les relatasen, dudarían en desacreditarlos.
Pleyel es escéptico en un grado superlativo. No puedo convocar a Carwin ante mi estrado, ni hacer que sea el testigo de mi inocencia y el acusador de sí mismo.
Mi hermano vio y comprendió mi angustia. No conocía, sin embargo, toda la magnitud de esta. Ignoraba por cuántos motivos me sentía incitada a recuperar la buena opinión de Pleyel. Se esforzó por consolarme.
Algún nuevo acontecimiento, dijo, ocurriría para desentrañar el laberinto. No dudaba del influjo de mi elocuencia, si creía conveniente emplearla. ¿Por qué no buscar una entrevista con Pleyel y exigirle un relato detallado en el que pudiera encontrarse algo que sirviera para destruir la probabilidad del conjunto?
Me aferré con avidez a esta esperanza; pero mi presteza se vio frenada por nuevas reflexiones. ¿Debía yo, perfecto en este aspecto e intachable como era, presentarme sin ser llamado ante su presencia y hacer que mi felicidad dependiera de su veredicto arbitrario?