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Capítulo VIII

Tal era el modo que tenía Carwin de explicar estas apariciones. Es tal, tal vez, que se recomendaría como el más plausible a las mentes más sagaces, pero fue insuficiente para infundirnos convicción. En cuanto a la traición que se maquinaba en mi contra, sin duda era acertado concluir que era real o imaginaria; pero que era real lo atestiguaba la misteriosa advertencia en el cenador, cuyo secreto hasta entonces había guardado bajo llave en mi propio pecho.

Pasó un mes en este tipo de relación. En cuanto a Carwin, nuestra ignorancia no se vio en absoluto disipada respecto a su carácter y sus intenciones genuinas.

Las apariencias eran constantes. Nadie poseía un caudal de conocimientos mayor, ni un grado más alto de destreza para comunicárselos a los demás; de ahí que fuera considerado como una incorporación inestimable a nuestra sociedad.

Considerando la distancia entre la casa de mi hermano y la ciudad, se le convencía con frecuencia para que pasara la noche allí donde había pasado la velada. Rara vez transcurrían dos días sin una visita suya; de ahí que se le tuviera por una especie de miembro de la familia. Entraba y salía sin ceremonia. Cuando llegaba recibía una sincera bienvenida, y cuando decidía retirarse, no se empleaban ruegos para inducirle a quedarse.

El templo era el escenario principal de nuestros goces sociales; sin embargo, la felicidad que saboreábamos al reunirnos en este asilo no era más que el destello de una gloria pasada.

Carwin nunca abandonaba su gravedad. Lo inescrutable de su carácter y la incertidumbre de si su compañía tendía al bien o al mal rara vez se apartaban de nuestra mente. Esta circunstancia contribuía poderosamente a entristecernos.

Mi corazón era la sede de crecientes inquietudes. Este cambio en alguien que antes se había caracterizado por todas las exuberancias del

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