lo suficientemente negro como para meditar el asesinato de un hermano! ¡un hermano tan supremo en la miseria; tan imponente en la
Probablemente ignoraba mi propósito, pero al momento se retiró. Este intervalo bastó para devolverme a mí mismo. La locura, la iniquidad de aquel acto que me había propuesto acudieron a mi mente con fuerza. Por un momento me quedé sin aliento por la agonía. Al momento siguiente recuperé las fuerzas y arrojé el cuchillo con violencia al suelo.
El sonido despertó a mi hermano de su ensoñación. Miró alternativamente hacia mí y hacia el arma. Con un movimiento igualmente solemne, se agachó y la levantó. Colocó la hoja en distintas posiciones, examinándola minuciosamente y guardando, al mismo tiempo, un profundo silencio.
De nuevo me miró, pero toda esa vehemencia y elevación de espíritu que hacía tan poco habían caracterizado sus facciones, habían vuelo. Músculos caídos, la frente contraída en arrugas, los ojos empañados por gotas involuntarias y una penosa expresión de aflicción que ninguna palabra puede describir, eran ahora visibles.
Su aspecto despertó en mí las mismas simpatías, convertidas en energía, y prorrumpí en un torrente de lágrimas. Esta pasión fue refrenada rápidamente por el miedo, que ahora tenía por objeto, ya no mi propia seguridad, sino la suya. Observé su conducta en silencio. Al fin habló:
—Hermana —dijo con acento melancólico y suave—, he desempeñado mal mi papel en este mundo. ¿Qué piensas? ¿No lo haré mejor en el siguiente?
No pude responder. La suavidad de su tono me asombró y me dio ánimos. Continué mirándolo con ojos anhelantes y llenos de inquietud.