reconozca ser el autor; su cuento es una mentira, y su naturaleza, diabólica. Así como me engañó a mí, engañó asimismo a mi hermano, ¡y ahora contemplo al autor de todas nuestras calamidades!
Tales eran mis pensamientos cuando su pausa me permitió pensar. Le habría ordenado que se marchara si el silencio no se hubiera visto interrumpido; pero ahora ya no temía por mí mismo, y la blandura de mi naturaleza se cuajó en odio y rencor.
Alguien se acercaba, y este enemigo de Dios y de los hombres posiblemente podría ser llevado ante la justicia. No reflexioné en que el poder sobrenatural que hasta entonces había ejercido le serviría para librarse de cualquier trampa en la que cayeran sus pies.
Mientras tanto, miradas, y no palabras de amenaza y aborrecimiento, fue lo único que pude dispensarle.
Él no se marchó. Parecía dudar de si, al salir de la casa o al permanecer un poco más de tiempo allí donde estaba, pondría más en peligro su seguridad.
Su confusión aumentó cuando se oyeron los pasos de alguien descalzo por la escalera. Lanzaba miradas ansiosas a veces al armario, a veces a la ventana y a veces a la puerta de la habitación, sin embargo, se veía retenido por alguna fascinación inexplicable. Se quedó como si estuviera plantado en el sitio.
En cuanto a mí, mi alma rebosaba de aversión y venganza. No me quedaba espacio para conjeturas y temores respecto al que se acercaba. Era sin duda un ser humano, y me favorecería en la medida de ayudarme a capturar a este infractor.
El extraño entró rápidamente en la habitación. Mis ojos y los de Carwin se clavaron en él en el mismo instante. No hizo falta una segunda mirada para saber quién era.