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XV

¡Un hombre conocido por ser asesino y ladrón; uno capaz de conspirar contra mi vida y contra mi fama; descubierto acechando en mi alcoba, y confesando propósitos de lo más flagrante y terrible, me pide ahora que le conceda una entrevista a medianoche! ¡Admitirlo a solas en mi presencia! ¿Pudo hacer esta petición con la expectativa de que yo accediera? ¿Qué había visto en mí que pudiera justificar que albergar semejante creencia disparatada? Sin embargo, esta petición se presenta con la mayor gravedad. No viene acompañada de una apariencia de inusual vehemencia. Si la mala conducta a la que alude hubiera sido una ligera descortesía, y la entrevista solicitada hubiese de tener lugar en medio de mis amigos, no habría habido extravagancia en el tenor de esta carta; pero, tal como estaban las cosas, el remitente sin duda había perdido la razón.

Leí esta epístola con frecuencia. La petición que contenía podría haberse tachado de audaz o estúpida de haber sido hecha por otra persona; pero viniendo de Carwin, a quien no podían pasar desapercibidos el efecto que esta debía producir de manera natural ni el modo en que inevitablemente sería tratada, resultaba del todo inexplicable. Debía de contar con el éxito de alguna maquinación para extorsionar mi consentimiento. Ninguno de los motivos por los que suelo regirme me habría persuadido jamás de reunirme con alguien de su sexo en el lugar y a la hora que había prescrito. Mucho menos habría consentido un encuentro con un hombre mancillado por los crímenes más abominables, y cuyas artimañas habían puesto mi propia seguridad en tan inminente peligro y destruido mi felicidad de forma irremediable. Estremecía pensar que semejante encuentro fuera posible. Sentía cierta repugnancia a acercarme a un lugar que él aún visitaba y

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