He perdido toda la fe en la firmeza de las resoluciones humanas.
Así era como en los períodos de calma me había propuesto actuar. Ninguna cobardía me había inspirado mayor aborrecimiento que aquella que impulsaba a una mujer agraviada a destruir, no a su ofensor antes de que se perpetrara la ofensa, sino a sí misma cuando ya no tenía remedio.
Sin embargo, ahora esta navaja me parecía que no tenía otro uso que el de frustrar a mi agresor e impedir el crimen destruyéndome a mí misma. Deliberar en un momento así era imposible; pero entre las tumultuosas sugerencias del instante, no recuerdo que se me pasara por la cabeza la idea de utilizarla como instrumento de defensa directa.
Los pasos habían llegado ya al segundo piso. Cada pisada aceleraba la consumación, sin aumentar la certeza, del mal. La conciencia de que la puerta estaba trancada, ahora que solo eso se interponía entre el peligro y yo, era una fuente de cierto consuelo.
Dirigí la mirada hacia la ventana. Esto también era una ocurrencia nueva. Si la puerta cedería, mi resolución repentina era arrojarme por la ventana. Su altura desde el suelo, que abajo estaba cubierto por un pavimento de ladrillos, aseguraría mi destrucción; pero en eso no pensé.
Cuando enfrente de mi puerta cesaron los pasos.
¿Estaba escuchando para saber si mis temores se habían calmado y mi cautela dormía? ¿Esperaba tomarme por sorpresa? Aun así, si era el caso, ¿por qué permitió que tantas señales ruidosas delataran su aproximación?
Al poco rato se volvieron a oír pasos que se acercaban a la puerta. Una mano se posó sobre la cerradura y se tiró del picaporte. ¿Se imaginaba acaso que yo omitiría asegurar la puerta? Se hizo un leve esfuerzo para empujarla y abrirla, como si, estando todos los cerrojos retirados, solo un leve esfuerzo fuera necesario.