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IX. Las hazañas de Zisca

confesión semejante habría sido el más irremediable e imperdonable ultraje a la dignidad de mi sexo, y totalmente indigna de aquella pasión que me dominaba.

Volví a ocupar mi asiento y a sumirme en mis meditaciones. Justificar la ausencia de Pleyel se convirtió una vez más en el objeto de mis conjeturas. ¿Cuántos incidentes podían ocurrir para interponer un obstáculo insuperable en su camino? Cuando yo era niña, un plan de recreo, del que él y su hermana formaban parte, se había visto frustrado de la misma manera por su ausencia; pero su ausencia, en aquella ocasión, se había debido a que se había caído de una barca al río, a raíz de lo cual había corrido el más inminente peligro de ahogarse.

He aquí una segunda decepción sufrida por las mismas personas, y provocada por su fracaso.

¿No podría tener su origen en la misma causa?

¿Acaso no había planeado cruzar el río esa mañana para hacer algunas compras necesarias en Jersey?

Había acordado de antemano regresar a su propia casa a cenar; pero, tal vez, le había ocurrido alguna desgracia.

La experiencia me había enseñado la inseguridad de una canoa, y esa era la única clase de barca que Pleyel usaba: me impulsaba, asimismo, un temor hereditario al agua.

Estas circunstancias se combinaban para conferir una gran plausibilidad a esta conjetura; pero la consternación de la que empecé a verme presa se vio calmada al reflexionar que, si tal desastre hubiese ocurrido, mi hermano habría recibido la información más rápida al respecto.

El consuelo que esta idea me infundía me fue arrebatado por un nuevo pensamiento. Este desastre podría haber ocurrido y su familia no

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