Este estado de cosas tardó más en llegar en esta ocasión que en la mayoría de las otras, debido a la gravedad y la altivez del comportamiento de este hombre.
Pleyel, sin embargo, comenzó, a la postre, a emplear medios regulares para este fin.
Aludió ocasionalmente a las circunstancias en las que se habían encontrado anteriormente, y señaló la incongruencia entre la religión y las costumbres de un español, y las de un nativo de Gran Bretaña.
Expresó su asombro al encontrarse con nuestro huésped en este rincón del globo, especialmente porque, cuando se separaron en España, se le había enseñado a creer que Carwin jamás abandonaría ese país.
Insinuó que un cambio tan grande debía haber sido impulsado por motivos de una índole singular y trascendental.
No se solía dar respuesta a estas insinuaciones, o bien se daba una que no venía al caso.
Los británicos y los españoles, decía, son devotos de la misma Divinidad y ajustan su fe a los mismos preceptos; sus ideas provienen de las mismas fuentes de la literatura y hablan dialectos de la misma lengua; su gobierno y sus leyes tienen más semejanzas que diferencias; fueron antiguamente provincias del mismo imperio civil y, hasta hace poco, del mismo imperio religioso.
En cuanto a los motivos que inducen a los hombres a cambiar de residencia, estos deben ser inevitablemente fugaces y mudables.
Si no se está atado a un solo lugar por lazos conyugales o parentales, o por la naturaleza de esa ocupación a la que debemos nuestra subsistencia, los alicientes para el cambio son mucho más numerosos y poderosos que los alicientes contrarios.